Miscelaneas del Río de la Plata

La sopa no es un juego. Las letras se hacen jugo


viernes, 27 de mayo de 2016

Área de Recuerdos

http://ladiaria.com.uy/articulo/2016/5/area-de-recuerdos/

Tengo un recuerdo inventado que me acompaña desde la niñez: ronda el mes de marzo de 1976. Caminamos con mi madre por el barrio, tomadas de la mano. Yo tengo cuatro o cinco años. Ella tiene una panza enorme, está embarazada de mi hermano mayor. Caminamos apuradas, disimulando un trote miedoso. Su expresión lo explica todo. Doblamos la esquina al divisar un tanque de guerra.

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Nací en Buenos Aires en 1979, mi hermano mayor tenía tres años y medio. De la dictadura sólo recuerdo lo que me contaron. Se habló mucho, muchísimo de aquellos años, de los ideales, de las medidas de seguridad, de quienes un día faltaron y nunca más se supo de ellos.
Había un muchacho que estudiaba Filosofía con quien mi padre compartió una materia. Solo una, porque estudiaban carreras diferentes. Pero el examen final lo prepararon juntos. Este muchacho, además, era poeta. La noche anterior al examen intercalaron mates con café y apuntes con poemas. Salieron de mañana apurados a la facultad y el poeta dejó olvidada su carpeta literaria.
Era época de Isabel y López Rega; la facultad fue clausurada dos cuatrimestres. Cuando retomó la actividad, mi padre llevó diariamente la carpeta entre sus cuadernos y libros, pero no volvió a encontrar a ese poeta.
Tampoco volvió a leer los textos. Sin embargo, a lo largo de los años, esa carpeta lo siguió acompañando. Llegó un momento en el que el nombre del muchacho pasó al olvido, sobre todo porque sus escritos estaban firmados con un seudónimo, pero ante cada mudanza la carpeta fue puesta en la pila de cosas “A definir”, y cada vez, sin saber bien por qué, terminó en la caja de “Recuerdos” o de “Filosofía y Letras”, según.
El domingo 16 de junio de 2013 mi padre leía el diario, como en cada desayuno. En un recuadro bajo y pequeño se encontró con la mirada de aquel poeta. En la foto no tenía la barba y el pelo a lo Marx que usaba cuando se conocieron; estaba afeitado y prolijo. Pero la mirada intensa y de pibe bueno sacudió la memoria. Se cumplían 37 años de la desaparición de Esteban y la familia le rendía homenaje. Se lo llevaron a él, de 24 años, y a su esposa, de 23, del apartamento que compartían en el barrio de Caballito. Cuatro días después, con 23 años y medio, mis padres tenían su primer hijo. La familia buscaba a Esteban desde entonces, y la publicación que impactó a mi padre tenía una dirección de correo electrónico para cualquier información que se pudiera aportar.
Luego de buscar, sin suerte, en los apuntes de la facultad, fue al área de recuerdos; le llevó unas cuantas horas, pero encontró los originales. Escribió a la dirección de correo de la familia:

“Estimadas sobrinas, hermano y padres de Esteban: No tengo para darles información precisa sobre Esteban, pero sí tengo algo que refleja fielmente su condición humana: sus poemas y narraciones.
Creo que fue en 1974 y 1975 que nos conocimos en una materia de la facultad, y en una noche de estudios dejó su carpeta en mi casa. Nuestra amistad fue efímera, porque la facultad estuvo cerrada por varios meses y no lo vi más. Nunca supe dónde vivía. Intenté ubicarlo durante unos años, pero nadie sabía de él.
Agradezco a la vida haber visto vuestro recordatorio en el diario. No estaba seguro de haber conservado los textos, pero aquí estoy con cincuenta hojas escritas a mano y firmadas con el seudónimo ARANMAGA.
Estoy emocionado por la posibilidad de reintegrar estos textos a sus seres queridos y conmovido por poder acompañarlos en su lucha contra el olvido.”

La respuesta demoró cuatro meses. Durante años, en esa casilla de correos la familia sólo recibió agravios y amenazas, por lo que fue perdiendo el hábito de revisarla.
Se comunicó el hermano, sus padres ya habían muerto; pero además de él, sus cuatro hijas estaban ansiosas por leer a su tío.
Se encontraron pocos días después. El acto de entrega de textos fue entre lágrimas de todos. El hermano contó que ambos eran empleados del mismo banco, que la noche anterior a la desaparición de Esteban cenaron en familia por el cumpleaños de su madre. En la mañana lo llamaron porque su hermano había faltado al banco sin aviso. De inmediato fue a buscarlo. Vio su auto estacionado a la vuelta. Tocó varias veces el timbre, sin obtener respuesta. Una vecina lo ayudó a entrar: estaba todo revuelto y la pareja no estaba. No volvieron a saber de ellos. Su mamá adhirió de inmediato a Madres de Plaza de Mayo y murió en 2010, militando hasta el último día. Su padre fue gendarme y murió en 2001 pensando que su hijo se había equivocado. Nunca dejó de identificarse con las fuerzas armadas ni entendió lo que había pasado. Acompañaba a su esposa a las actividades de las Madres, pero se quedaba molesto a un costado.

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Hace unos días, Lorena, una compañera que está estudiando lenguaje de señas, escribió en Facebook que su profesora les contó que nació sorda y con la cara quemada por tanta picana que le dieron a su madre estando embarazada. Esa noticia chiquita, esa puñalada profunda, me retrotrajo a 2013, al encuentro de mis padres y la familia del poeta bueno de mirada intensa. A esta profesora los milicos y sus cómplices la dejaron sorda antes de nacer; a Esteban lo enmudecieron durante 37 años.
Nada se compara, desde ya, con la vida, tampoco con la muerte. Los familiares de desaparecidos no tienen ninguna de las dos.
Se ha dicho que después de tantos años, exigir justicia es perseguir venganza, que se debe apelar a sentimientos humanitarios frente a quienes hoy son ancianos desvalidos, que se debe buscar la reconciliación social. La venganza supone la existencia de un daño previo y no es otra cosa que la búsqueda de justicia por mano propia.
Quien pide justicia, rechaza el camino de la venganza.
La reconciliación tiene varias formas de llevarse adelante (y de cada forma derivan las consecuencias del proceso conciliador), pero cualquiera de ellas requiere sine qua non de la presencia de dos o más partes y de la asunción de responsabilidades. ¿Con quién deberían reconciliarse la familia de Esteban o la profesora de Lorena? Para la reconciliación sigue faltando una parte: la que asume que asesinó a Esteban (y pone así fin al delito continuado de desaparición forzada); la que le dice a la profesora “yo te produje sordera”. Aún hoy hay quienes se oponen a las búsquedas, roban investigaciones, amenazan a antropólogos forenses. ¿Cómo podemos hablar seriamente de reconciliación?
Sigue siendo imprescindible que el Estado avance a través del agente judicial, otorgándole el respaldo político, económico e institucional que este tipo de procesos complejos requieren. Es necesario encontrar a los desaparecidos y darles muerte. Debemos entender que la muerte también es un derecho humano inalienable que el Estado está obligado a garantizar.
También tenemos oportunidad de honrar la vida. En el caso de Esteban, su hermano menor se ha reencontrado con una parte de su vida. Sus sobrinas lo han podido conocer de puño y letra. La lucha contra el olvido ha calado tan hondo en la sociedad, que muchas veces se da de forma inconsciente: mientras se quemaban agendas, se guardaban documentos. En ambos casos, prevalece el instinto de conservación de la vida, de la memoria.
Apelando a ese instinto, me pregunto cuánta vida tenemos posibilidad de restituir si revisamos nuestras áreas de recuerdos.
Texto publicado en La Diaria, el 18 de mayo de 2016.-
  

martes, 17 de mayo de 2016

Maquinistas de raza

Texto publicado en Incorrecta Nº 8, 29/04/2016, en La Diaria.


  En Buenos Aires trabajé durante años en un banco. Una compañera, la delegada del gremio, llegó un día contando lo que había sido la mayor vergüenza de su vida. Acompañaba a su hermana (abogada de una central obrera) a la emergencia. En la sala de espera, su sobrino de cuatro años gritó “¡mamá, mamá, hay un monito! ¿Lo puedo tocar?”. El niño señalaba a un bebé negro.
  En Argentina no hay negros, dicen. Los negros murieron matando a los realistas y a los indios, escuché más de una vez, entonces sólo quedamos nosotros, los que bajamos de los barcos. Me pareció un divertido sustituto de la cigüeña: mamá, ¿de dónde vienen los bebés? De los barcos, corazón, como los abuelos. Pero explicar que los barcos llevan abuelos y bebés era meterse en un terreno medio raro (aunque la imagen del comienzo y el final de la vida unidos en altamar es bella) y difícil de sostener al subirnos anualmente al barco que nos traía a nuestras vacaciones en la Costa de Oro.
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  Rectifico, en la capital dicen que en Argentina todos bajamos de los barcos. Y los que no, son negros. Pero no negros de piel, de ésos que fueron bajados de los barcos, de ésos no hay más. Ahora hay “negros dealma”. Negro de alma es un término noventoso y europeocentrista/individualista, propio de una sociedad fragmentada: la imaginada por el neoliberalismo. El negro de alma vino a reemplazar al “cabecita negra” nacido después de la crisis del 30, cuando Buenos Aires comenzó a recibir grandes oleadas de migración interna. Tanto el “cabecita negra” como el “descamisado” fueron tomados por el peronismo de forma reivindicativa de la clase obrera. Ya en los 90, la aclaración (no de piel, de alma) era necesaria para no quedar como racista. De clasismo había dejado de hablarse.
  Hace unos días, en un programa de televisión argentino, se debatía sobre un violento operativo policial en la Villa 31 (Retiro), amparado por el último grito de la moda: la lucha contra el narcotráfico. Una mujer de la tribuna tomó la palabra como referente de la villa. El conductor (bajito, blanco, rubio y de ojos claros) le preguntó aseverando si era inmigrante y cuál era su origen. “Soy salteña, gracias a Dios”. El cínico quiso saber por qué “gracias a Dios” y ella fue implacable: “Porque muchos se olvidan que los argentinos somos coyas. Porque hoy, con tanta inmigración, qué se yo quiénes somos los argentinos. Pero nosotros, los salteños, los jujeños, los tucumanos, somos argentinos y tenemos este rostro. Somos coyas y mapuches, también”.
  Y mapuches. Hace unos años, el movimiento Teatro x la Identidad, uno de los brazos artísticos de la organización Abuelas de Plaza Mayo, llegó a la provincia de Neuquén. A partir de sus presentaciones, una cantidad de jóvenes comenzó a indagar respecto de sus orígenes, descubriendo así su descendencia mapuche, que había permanecido oculta por generaciones. En una época, se trató de una cuestión de vida o muerte, pero luego la peyorativa social se mantuvo a lo largo de los años y las familias continuaron ocultando sus orígenes, hasta que estos jóvenes completaron su identidad y comenzaron a reivindicarla.
  Argentina se constituyó como Estado Nación apelando a la inmigración europea no española. Juan Bautista Alberdi lo hace explícito en su libro Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, de 1852, fuente de la Asamblea General Constituyente que en 1853 redactó la primera Constitución Argentina (que excluía a Buenos Aires). “La libertad es una máquina que, como el vapor, requiere para su manejo maquinistas ingleses de origen. Sin la cooperación de esa raza es imposible aclimatar la libertad y el progreso material en ninguna parte. Crucemos con ella nuestro pueblo oriental y poético de origen, le daremos la aptitud del progreso y de la libertad práctica”. Es claro que para Alberdi nuestro pueblo no incluía a las poblaciones indígenas: entendía a los territorios que ellos habitaban como desiertos a ser poblados por la inmigración. Alberdi y Sarmiento fueron considerados los padres del ideario liberal argentino en los que se basó la llamada “Generación del 80”, bajo la conjugación de los lemas “Gobernar es poblar”, del primero, y “Educar al soberano”, del segundo. Esta generación, al mando específico del general Julio Argentino Roca, fue la responsable del etnocidio indígena (y reducción final a la esclavitud, a pesar de estar prohibida desde 1813), que sobrevivió a la conquista española.
  En la escuela aprendimos la Marcha de San Lorenzo, una marcha militar mundialmente conocida (partitura interpretada en muchísimos países, entre los que se cuentan Inglaterra y Alemania) que reivindica la lucha por la independencia. Los últimos versos son dedicados a otro Juan Bautista: “Cabral soldado heroico, cubriéndose de gloria, cual precio a la victoria, su vida rinde, haciéndose inmortal. Así salvó su arrojo, la libertad naciente, de medio continente, honor, honor, al gran Cabral”. Todavía recuerdo su retrato en el manual de historia: blanco, de nariz aguileña, bigote y barba de la época; parecía un coronel (los historiadores discuten si alcanzó el grado de sargento). El mérito de Cabral fue salvar la vida de San Martín convirtiéndose así en mártir. Tanto honor, honor, no fue suficiente: durante más de un siglo se ocultó su identidad. Cabral nació en la provincia de Corrientes, hijo de un indígena guaraní y una esclava angoleña. Cabral era negro, indígena y —por qué no, también, gracias a él— argentino.
  Sarmiento, por su parte, trajo maestras europeas para civilizar mediante la impartición de educación pública y esa tradición de mirar al norte sigue hasta hoy. La lógica del opresor impregnó de tal modo, que aun hoy, muchos reivindican identidades extrañas así como clases ajenas.
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  A comienzos de 2010, me incorporé a un movimiento social de trabajadores y desocupados que, además de emprender una pluralidad de luchas para mejorar la postergación histórica de las barriadas más vulnerables de la Ciudad de Buenos Aires, contaba con una propuesta educativa para jóvenes y adultos excluidos del sistema escolar medio, enmarcada en la educación popular. Yo daba clases de Derechos Humanos y de Relaciones del Trabajo en el Bachillerato Popular de Villa Soldati. Allí la realidad del aula era muy diferente a todas las experiencias educativas por las cuales había transitado. El grupo estaba constituido por mujeres y hombres de entre 16 y 65 años, más bebés y niños pequeños que correteaban mientras la clase se desenvolvía. La materia Derechos Humanos era la más polémica, ya que leer en la Constitución Nacional argentina y en los tratados internacionales todos los derechos que el Estado se obliga a garantizar y contrastarlos con la realidad generaba indignación y violencia. 
  Un tema realmente álgido fue el derecho a la salud pública. Varios estudiantes se quejaron de los extranjeros que viajaban a atenderse a los hospitales públicos de la ciudad y que por miedo a ser denunciados por discriminación los médicos los atendían primero. Al viejo y conocido “vienen a quitarnos el trabajo”, se sumó el “vienen a quitarnos la salud”. Dos hermanas bolivianas integraban el grupo y varios de los que sostenían este punto eran descendientes de inmigrantes. Pero, además, quien estaba al frente de la clase no se atendía en hospitales públicos, por lo cual en muchos aspectos mis posiciones eran criticadas por no pertenecer, por no padecer.
  El reconocimiento del propio origen resuelve gran parte de las pretendidas diferencias. Una de las tareas fue indagar en cada familia su llegada al barrio, desde la primera información con la que contaran hasta la actualidad. Los relatos que trajeron fueron maravillosos; el que no provenía del interior del país, provenía de algún país del continente. Si no fue por un trabajo o la esperanza de conseguirlo, fue por un problema de salud que no podía ser resuelto en el lugar de origen, sea porque no había salud pública (en el caso de migrantes externos) o porque las instituciones locales no tenían infraestructura o especialistas que pudieran atenderlos. Esto, sumado a las penurias y malos tratos que, sin excepción, atravesó cada familia.
  Demoledora la conclusión: quien tiene que dejar su lugar de origen, trasladarse cientos o miles de kilómetros para sobrevivir, no es un oportunista, es una víctima. Igual que quien en su propio lugar no cuenta con condiciones dignas de vida, pero peor. El racismo y la xenofobia no son más que un ejercicio brutal de la opresión de una clase dominante que se ampara en conceptos que fueron ideados precisamente para mantener privilegiados y desgraciados. 
  Aunque se impone reconocer una verdad: venimos de los barcos y de los buses, de los trenes, de las pateras. Los blancos, los negros, los colorados. Existen diferencias de origen pero siempre también son de clase.





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