Miscelaneas del Río de la Plata
La sopa no es un juego. Las letras se hacen jugo
jueves, 29 de septiembre de 2016
La madera estalla breve, aguda, astilla.
El reacomodo de los leños es a veces golpe, a veces arrastre, caída.
Hay alguien en el living, susurro. Es la estufa, responde entre sueños.
Entonces los leños están subiendo las escaleras. No me contesta.
Cada manifestación de esa danza tras el telón de hierro inicia una alerta de ojos abiertos.
Los borrachos elevan la voz. Un auto arranca y retumba en la doble o triple altura de los apartamentos más antiguos de la ciudad. Está cerrada la noche. Ni niebla ni viento. El puerto no calla.
Ahora los borrachos están en el living. Otro auto estacionó en la cocina. Él duerme plácido mientras nos invaden y a mí me paraliza la inquietud. No hay armas en esta casa y para alcanzar los cuchillos debo atravesar el living de borrachos. Con este frío.
Desvelada, escudriño la oscuridad para encontrar un estímulo visual que sustente lo que mi mirada escucha. Nunca hablamos de fantasmas. Pocas veces son ciertos los absolutos. Alguna vez conversamos sobre los fantasmas vivos, muy por arriba porque, en general, no salen de debajo de la alfombra.
Lo abracé fuerte, no había lumbre de distancia en la habitación, pero tuve miedo de perderme.
Amanecí en mi cuarto. Busqué sin suerte mis zapatos. Tal vez los dejé en el sillón. El living está vacío y no hay rastros de despojo. Solo las paredes blancas y el piso de madera. Las lámparas sin apliques. Hace meses que nadie vive aquí. Pero es mi casa y ayer había un living con sillón y cuadros. Camino a la cocina, en el pasillo me alivia encontrar la biblioteca, aunque faltan muchos libros. Uno por cada amigo perdido.
Al final del pasillo me detengo bajo el marco sin puerta. No hay alacenas, heladera, no hay canillas ni cocina. Solo la pequeña radio, pero más antigua. Recorro el dial. Me detengo en la única emisora, casi llegando al punto de inicio. La música me resulta conocida, mi bisabuelo toca el piano. Al terminar la pieza, el locutor habla un ruso cerrado. En el perchero al lado de la puerta hay un abrigo de piel y un gorro. No son míos pero me los pongo. Un ascensor no funciona y el otro no existe. Bajo los tres pisos por la escalera que resultan ser cuatro. No hay espejo antes de la puerta. No tengo dinero. Voy a ir al almacén de Jorge, el único que todavía fía.
Mi llave no abre, nadie me avisó que cambiarían la cerradura. Entonces, tal vez sí haya habido un robo. Me siento en la escalera que ya no es de mármol. Llega una vecina que no conozco, nos miramos con sorpresa. Le pregunto si han robado y no me entiende. Le hago un saludo con la mano y salgo. Confundida camino mirando mis medias. Dos cuadras derecho y en la esquina a la izquierda. No hay almacén de Jorge. Es un baldío. Retorno sobre mis pasos y corro. Las baldosas que piso desaparecen detrás de mí.
jueves, 8 de septiembre de 2016
Fantasmas para Álvaro de Campos
Era tan niña que no recuerdo cuántos años tenía. Pero el juego en madera de heladera, pileta con bajo mesada y cocina estaban allí y mi hermano menor, aún no.
Todavía hoy los veo con nitidez: una especie de diablo centauro con cuernos enormes y ojos encendidos, de la cintura para arriba rojo, y negra la mitad caballo. Combinaba con la alfombra de mi habitación, a diferencia del juego de cocina. Lo acompañaba una guerrera de cuerpo escultural y pelo larguísimo atado en cola con un cono que le daba mayor altura al peinado; su armadura era como un traje de baño, enterizo, cavado. No hay dudas, promediaba la década del ochenta.
Sentía miedo. Ellos sabían que yo estaba ahí, espiándolos debajo del acolchado, intercambiando en un pequeño hueco ojo y nariz para combatir la asfixia. Y yo sabía que sabían pero nunca me dijeron nada. Conversaban entre ellos, a veces incluso peleaban, todo en un idioma incomprensible.
Tampoco recuerdo cuándo dejé de verlos. Pero entonces, todas las muñecas, los ositos, perritos y el resto de la fauna, tenían que estar bien arropados. Demoraba mucho acomodando la cama, tratando de entrar en ella sin destapar a ninguno, sin abandonar a ninguno. Porque la soledad... pocos sentimientos perforan como la soledad. Los iba rotando, además, para no hacer preferencias. Salvo al osito rojo anaranjado de ojos negros que había sido de mi hermano mayor y dormía siempre a mi lado. Aprendí, sin darme cuenta, a dormir quietita.
Una tarde, mi madre volvió del trabajo con una frazada especial que es la que todos los muñecos quieren, varias personas le hablaron de ella y finalmente la consiguió. Fue así que logró que en la cama quedáramos solo el osito rojo anaranjado y yo.
Pasaron muchos años hasta que empecé a rodar por no poder dormir. Abusando de mi percibida fragilidad voy topadora por la vida diurna. Pero en las noches, cuando el público se retira y el escenario queda a oscuras, salen a escena cada uno los seres que me habitan y se juntan con los que están en los lugares que habito. Conversan, incluso a veces pelean, todo en un idioma incomprensible. Ya no los espío bajo el acolchado, los miro de frente y de reojo. La mirada directa percibe un paisaje traslúcido y en movimiento en el que las sombras pasan a través de las sombras y brillan. La mirada de reojo es como un rayo que los friza, es la señal que entienden como te estoy viendo, te conozco, sé quién sos. En ese instante congelado, escucho que dicen algo, que declaman una verdad de la que no participo.
Miento. Sí los espío. Cuando el tedio provocado por los quehaceres diurnos empieza a atormentarme, me rindo. Giro hacia el lado irreparable, hacia la síntesis de todas mis desilusiones. Me tapo dejando un pequeño hueco en el que el intercalo nariz y ojo para combatir la asfixia y los espío con mis últimos restos, errando entre las sábanas de lo que no es sueño.-
Todavía hoy los veo con nitidez: una especie de diablo centauro con cuernos enormes y ojos encendidos, de la cintura para arriba rojo, y negra la mitad caballo. Combinaba con la alfombra de mi habitación, a diferencia del juego de cocina. Lo acompañaba una guerrera de cuerpo escultural y pelo larguísimo atado en cola con un cono que le daba mayor altura al peinado; su armadura era como un traje de baño, enterizo, cavado. No hay dudas, promediaba la década del ochenta.
Sentía miedo. Ellos sabían que yo estaba ahí, espiándolos debajo del acolchado, intercambiando en un pequeño hueco ojo y nariz para combatir la asfixia. Y yo sabía que sabían pero nunca me dijeron nada. Conversaban entre ellos, a veces incluso peleaban, todo en un idioma incomprensible.
Tampoco recuerdo cuándo dejé de verlos. Pero entonces, todas las muñecas, los ositos, perritos y el resto de la fauna, tenían que estar bien arropados. Demoraba mucho acomodando la cama, tratando de entrar en ella sin destapar a ninguno, sin abandonar a ninguno. Porque la soledad... pocos sentimientos perforan como la soledad. Los iba rotando, además, para no hacer preferencias. Salvo al osito rojo anaranjado de ojos negros que había sido de mi hermano mayor y dormía siempre a mi lado. Aprendí, sin darme cuenta, a dormir quietita.
Una tarde, mi madre volvió del trabajo con una frazada especial que es la que todos los muñecos quieren, varias personas le hablaron de ella y finalmente la consiguió. Fue así que logró que en la cama quedáramos solo el osito rojo anaranjado y yo.
Pasaron muchos años hasta que empecé a rodar por no poder dormir. Abusando de mi percibida fragilidad voy topadora por la vida diurna. Pero en las noches, cuando el público se retira y el escenario queda a oscuras, salen a escena cada uno los seres que me habitan y se juntan con los que están en los lugares que habito. Conversan, incluso a veces pelean, todo en un idioma incomprensible. Ya no los espío bajo el acolchado, los miro de frente y de reojo. La mirada directa percibe un paisaje traslúcido y en movimiento en el que las sombras pasan a través de las sombras y brillan. La mirada de reojo es como un rayo que los friza, es la señal que entienden como te estoy viendo, te conozco, sé quién sos. En ese instante congelado, escucho que dicen algo, que declaman una verdad de la que no participo.
Miento. Sí los espío. Cuando el tedio provocado por los quehaceres diurnos empieza a atormentarme, me rindo. Giro hacia el lado irreparable, hacia la síntesis de todas mis desilusiones. Me tapo dejando un pequeño hueco en el que el intercalo nariz y ojo para combatir la asfixia y los espío con mis últimos restos, errando entre las sábanas de lo que no es sueño.-
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