Veranear en Parque del Plata me hizo soñar con una vida en esta orilla desde los nueve años. No podía haber en el mundo una niña más libre que yo. El camino me llevó casi veinticinco primaveras, pero ya van dos que las vivo en Montevideo.
Soy una privilegiada, nací en el seno de una familia de clase media que me acompañó y me permitió estudiar y desarrollarme. Abogada de profesión que abandoné al cruzar la frontera, vine escapando de la ciudad de la furia.
Más privilegiada aún, antes de migrar, ya tenía amigos en Montevideo. Pero al igual que con los amores, las amistades a distancia también se acostumbran a formas y rituales de continuidad en los que impera la interrupción. Una aparece, se lleva toda la atención en un espacio temporal acotado y desaparece llena de esas atenciones, mimos, buen retorno y volvé pronto.
Esas relaciones deben reconfigurarse y reacomodarse a la cotidianidad sin interrupción. Ya no hay bienvenida, ya no hay despedida, ya no hay novedad. Además cada quién tiene sus compromisos y por variadas razones y sinrazones no siempre somos gregarios. Y el migrante necesita muchas dosis de Punta-del-Diablo-en-enero. Necesitamos muchos cuerpos que nos abracen, que nos apuntalen, porque no solo estamos en construcción; en simultáneo, estamos deconstruyendo la cotidianidad que dejamos río atrás. Los migrantes adolecemos mucho.
Me mudé a un apartamento amoblado y en seguida empecé a trabajar. Ya tenía todo arreglado. Soy impulsiva pero madre y hay cosas en las que no puedo improvisar. Llegué un miércoles que despedía al invierno con una maleta grande primavera-verano y un miedo que no cabía en ningún lado. Dios tuyo, qué frío. Aquella primavera nunca llegó y el apartamento no tenía nada de mí. Su dueña es pintora de un malogrado estilo Gauguin. En cada pared había varias mujeres desnudas con caderotas y tetotas. Con ellas despertaba, desayunaba, cenaba y me enrostraban mi flacura extrema; el presente exuberante ante mi yo más vacío, más auténtico. Quedaron allí colgadas por meses. Mis amigas me lo decían, me lo rogaban, sacá a esas gordas, pero las necesitaba allí, para bajarlas tenía que pasar por mi cuerpo el dolor que provoca armar una vida a los treinta y pico desde la más absoluta ausencia de lo cotidiano, desde un páramo ventoso. Mejor mirar las gordas, porque si miraba alrededor, todo era pasado: el ver dormir a mi hijo en el cuarto de al lado, las cenas con mis amigas, el domingo en familia viendo el partido, la azotea llena en mi cumpleaños, todo se desvanecía. Ya era noviembre y yo estaba helada.
Mi hijo vino al terminar el año y cuando ya tenía mi vida bastante organizada. Una bocanada de aire cálido. Pero él no tuvo infancia en Parque del Plata y a su propio adolecer se le sumó de forma exponencial el de migrante. Un combo explosivo. Seis meses de alegría por la novedad. Seis meses de furia por el desarraigo. A fin de año decidió volverse. Resistí lo que pude pero finalmente acompañé su decisión, no su camino. Profundicé el desgarro y sazoné la vida con culpa de madre abandónica.
No puedo precisar cuándo empezaron las crisis de angustia y me pregunto si alguna vez se terminarán. Sí la enfermedad física: Abril 2014. Enfentarme a un diagnóstico oncológico, no fue fácil. No tener médicos de confianza en ningún área es tremendo. Porque el ambo blanco que tenés en frente no te habla como te hablaron toda la vida y no querés que te pongan un dedo encima. Preferís arrancarte de cuajo lo que te estás dañando. Y si además consultás con el allá, todo es diferente y más confiable, no importa si es mejor, es lo que conocés y enloquecés. No sabés si encarar con lo que hay o drogarte hasta morir en viaje.
Alguna vez pensé en volver. ¿Volver a dónde? Allá tengo mis afectos primarios pero ya no queda vida cotidiana. Aquí me duelo pero tengo proyectos y sobre todo, tengo ganas.
La salud física se recupera y entonces la vida irrumpe otra vez. Me levanto cada mañana y me recuerdo: soy feliz, estoy donde quiero estar. En la noche me desarmo y cada uno de mis fantasmas y mis muertos salen del ropero y bailan a mi alrededor, se drogan, tienen sexo grupal y no me invitan. Me corretean mostrándome imágenes mías caminando por el Centro sola, entre una multitud que viene y va, en la que los únicos que se distinguen son los otros solos que habitan esta ciudad, sin que mi palabra tenga un receptor. Sin que nadie me abrace.
Amanece, me asomo y veo el puerto, el río que llamamos mar. Siento el paso del tiempo que es tan otro de este lado. Reviso mis heridas, mi carne desgarrada, todo está allí, igual que ayer.
Salgo a la calle cansada, el viento de la Ciudad Vieja me grita en la cara que es acá, que las decisiones siempre duelen, que los procesos y blah, blah, blah. Me subo al ómnibus y un artista canta. Me emocionan los aplausos y aquí se aplaude pila. Recibo un mensaje hot del amor que amo. La piel se me henchina. Hoy dormiremos juntos, sin muertos y con suerte sin fantasmas. Miro por la ventana, la ciudad anda tranquila, Montevideo mira al sur y recibe la luz más linda del Río del Plata.
Miscelaneas del Río de la Plata
La sopa no es un juego. Las letras se hacen jugo
miércoles, 17 de febrero de 2016
martes, 16 de febrero de 2016
Carlos se quedó sin trabajo. Camina de la
mano de Laurita, a quien todavía no puede explicarle por qué ya no va a
haber horario para el cambio de pañales. Ahora solo se cambiarán cuando
no dé para más.
Florencia habla por teléfono. Tiene el estómago
alborotado por las mariposas. Habla con Marcela y le cuenta su noche de
sábado, mientras fuma un cigarrillo en el descanso. Se tropieza, se cae
casi encima de Laurita y aunque logra esquivarla, le quema un bracito
con el cigarro. El presidente sonrió y mandó a aumentar los impuestos sobre el tabaco.
miércoles, 10 de febrero de 2016
Redención
PDF completo: ladiaria.com.uy/suplemento/incorrecta-4/2015/12/30/
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