Llegó de casualidad, caminando por avenida Las Heras. Luego de un infructuoso trámite en cancillería y otro igual de infructuoso en el Colegio de Escribanos. Caminaba en un espiral de ira y paró allí en la Patisserie et café Monsieur Voltaire para almorzar. Con el corazón contento se piensa mejor.
Se sentó y observó el lugar, un rinconcito francés. Con ingredientes argentinos, eso sí, pero la ambientación, música incluida, era francesa. Tomó la pequeña carta y eligió un menú inteligente: un wrap de pollo con ensalada de lechuga morada y cherry, un vaso de limonada con menta y un café = $40. Todo le resultó muy rico. El queso untable con ciboulette en tostaditas condimentadas, un detalle de amor. Se animó. Para acompañar el café agregó una porción de tarta de manzana de no creer.
Por la ventana vio pasar caminando a una actriz norteamericana. No sabía el nombre, era de serie barata. Seguro que era ella aunque sea extraño que ande caminando por allí... Si estuviera en Cannes, tal vez.
Más raro es un grupo de jubilados hindoamericanos en la terminal de Retiro esperando el tren a Tigre y ayer pasó. Eran unos 15, iban con una joven traductora y los vejetes se manejaban con la típica impunidad del norte, pidiéndoles que achicaran el espacio entre persona y persona en la fila, en inglés of course, como si no fueran ellos los turistas.
Se preguntó a dónde irían en un día de tormenta se bajó en Vicente López y ellos siguieron viaje.
Le pareció mentira haber pagado $54 por ese almuerzo tan rico, en un lugar tan bonito.
Con el corazón contento, volvió a caminar y pensar cómo resolver el maldito apostillado de La Haya. Tanta integración latinoamericana, tanta hermandad rioplatense y los documentos aún se validan con un sello holandés.