Miscelaneas del Río de la Plata
La sopa no es un juego. Las letras se hacen jugo
domingo, 3 de abril de 2016
Me gusta la ropa usada porque tiene historia. Sentir sobre mi piel la historia de un vestido, de una camisa, ponerme el saco que alguien lució con elegancia, con la ansiedad de la primera cita.
Las cosas tienen memoria. Cada pequeña rajadura, abolladura, roce, es un relato. Es una emoción que pasó por allí con la fuerza suficiente para dejar una huella transformadora.
No había visto ese bolsillo interno. Compré el saco en una tienda de usados hace unos años pero ese bolsillo no lo vi. Me sorprendió tanto, como si al saco le hubiera nacido un bolsillo. Y dentro del bolsillo un sobre cerrado para Roberto Herrera Andrade.
La correspondencia es inviolable, lo sé muy bien, pero no sabía qué hacer con esa carta. No me animaba a tirarla. Pensé en buscar al destinatario, pero sin ni siquiera dirección, encontrar a ese Roberto Herrera Andrade no era posible. No había remitente.
Si pudiera elegir nuevamente, no habría abierto el sobre. Ni siquiera puedo acusar impulsividad. Estuvo semanas la carta sobre la biblioteca esperando mi decisión. Todos los días la miraba un rato. La ponía a trasluz, del derecho, del revés. La miraba intensamente queriendo tener ojos de superhéroe. Tal vez en su interior podría encontrar alguna referencia que me permitiera ubicar a Roberto Herrera Andrade.
Nunca leí una carta tan triste. No creo haber sentido una tristeza tan grande, nunca. Y sí que sé de tristezas. La carta tenía como única firma la letra J. J se despide en ella de Roberto. Se despide de la piel que no rozó. “Ya no más mirar tus manos de labranza, ya no más fantasear con perdernos en el trigal”. A medida que avanza la despedida, se hace tan notorio el desgarro en la letra. La hoja se vuelve más fina, casi inmaterial sobre algunas palabras, como si solo hubiera espacio allí para una tinta flotante e indeleble: decisión; salir; espera, añoro; prohibido.
Se despide del miedo a ser descubierta. Se despide del miedo. De la vergüenza. J se va a un no lugar, a no vivir lo que le queda de vida, que a su pesar supone demasiado tiempo. Se destinó a la desmemoria. Y yo no sé cómo quitarme el peso de haberla desterrado del olvido.