Miscelaneas del Río de la Plata

La sopa no es un juego. Las letras se hacen jugo


jueves, 8 de septiembre de 2016

Fantasmas para Álvaro de Campos

Era tan niña que no recuerdo cuántos años tenía. Pero el juego en madera de heladera, pileta con bajo mesada y cocina estaban allí y mi hermano menor, aún no.
Todavía hoy los veo con nitidez: una especie de diablo centauro con cuernos enormes y ojos encendidos, de la cintura para arriba rojo, y negra la mitad caballo. Combinaba con la alfombra de mi habitación, a diferencia del juego de cocina. Lo acompañaba una guerrera de cuerpo escultural y pelo larguísimo atado en cola con un cono que le daba mayor altura al peinado; su armadura era como un traje de baño, enterizo, cavado. No hay dudas, promediaba la década del ochenta.
Sentía miedo. Ellos sabían que yo estaba ahí, espiándolos debajo del acolchado, intercambiando en un pequeño hueco ojo y nariz para combatir la asfixia. Y yo sabía que sabían pero nunca me dijeron nada. Conversaban entre ellos, a veces incluso peleaban, todo en un idioma incomprensible.
Tampoco recuerdo cuándo dejé de verlos. Pero entonces, todas las muñecas, los ositos, perritos y el resto de la fauna, tenían que estar bien arropados. Demoraba mucho acomodando la cama, tratando de entrar en ella sin destapar a ninguno, sin abandonar a ninguno. Porque la soledad... pocos sentimientos perforan como la soledad. Los iba rotando, además, para no hacer preferencias. Salvo al osito rojo anaranjado de ojos negros que había sido de mi hermano mayor y dormía siempre a mi lado. Aprendí, sin darme cuenta, a dormir quietita.
Una tarde, mi madre volvió del trabajo con una frazada especial que es la que todos los muñecos quieren, varias personas le hablaron de ella y finalmente la consiguió. Fue así que logró que en la cama quedáramos solo el osito rojo anaranjado y yo.
Pasaron muchos años hasta que empecé a rodar por no poder dormir. Abusando de mi percibida fragilidad voy topadora por la vida diurna. Pero en las noches, cuando el público se retira y el escenario queda a oscuras, salen a escena cada uno los seres que me habitan y se juntan con los que están en los lugares que habito. Conversan, incluso a veces pelean, todo en un idioma incomprensible. Ya no los espío bajo el acolchado, los miro de frente y de reojo. La mirada directa percibe un paisaje traslúcido y en movimiento en el que las sombras pasan a través de las sombras y brillan. La mirada de reojo es como un rayo que los friza, es la señal que entienden como te estoy viendo, te conozco, sé quién sos. En ese instante congelado, escucho que dicen algo, que declaman una verdad de la que no participo.
Miento. Sí los espío. Cuando el tedio provocado por los quehaceres diurnos empieza a atormentarme, me rindo. Giro hacia el lado irreparable, hacia la síntesis de todas mis desilusiones. Me tapo dejando un pequeño hueco en el que el intercalo nariz y ojo para combatir la asfixia y los espío con mis últimos restos, errando entre las sábanas de lo que no es sueño.-