Miscelaneas del Río de la Plata

La sopa no es un juego. Las letras se hacen jugo


miércoles, 21 de octubre de 2015

Black Mirror



Como hija de mi madre, también fui formada en el ateísmo, en el pensamiento científico y en la religión como opio de los pueblos. Eso sí, siempre leí el horóscopo.

De niña una amiga me enseñó a tirar las cartas. Pasamos el verano jugando hasta que me asustó acertarle tanto y dejé de hacerlo.

Ya de grande, la curiosidad me llevó a una astróloga. Carta astral y revolución solar. No entiendo nada pero me resulta divertidísimo. Uno de los aspectos de mi carta dice que en vidas pasadas brillé en sociedades secretas, sectas, claustros y que en esta vida me toca salir a la luz. La astróloga me preguntó qué iba a hacer con la música, respondí que no más que escucharla. Siempre me gustó bailar pero en su momento no lo exploté y ahora aunque no parezca (porque me miro y no parece) mi cuerpo está obsoleto para cualquier tipo de destreza. Mi columna es una cordillera irregular, torcida y dolorosa. Mis músculos nacieron demasiado cortos y la falta de estiramiento oportuno me ha ido enrollando sobre mí misma.

Sin embargo, en ese no parecer lo que es, puedo hacer cualquier cosa. No puedo más que darle la razón a la astróloga y aceptar que sí, que puedo ser invisible, puedo camuflarme en cualquier ambiente y que me muevo como pez en el agua siendo quien no soy. Estoy convencida que de haber nacido una década antes, hubiera sido el alter ego de Astiz.

En el liceo un matoncito me decía "cara de nada" y yo sufría horrores. Con el tiempo comprendí el don: Si soy nada, soy todo, bravucón. Con el tiempo y años de terapia. No por el matoncito sino por la neurosis pero uno de los temas que trabajamos fue esa sensación de desventaja que sentía por mi cuerpo atemporal y mi cara aniñada. Nadie me toma en serio, Silvia. Toda debilidad es un gran poder, dijo. A veces tiraba frases de sobre de azúcar. Usá tu creatividad, lo que tenés es un valor, buscale la vuelta.

Y recordé que en un antiguo trabajo, un compañero decía que lo que más le gustaba de mí era que podía tomar un vino de cartón en el cordón de la vereda y a los cinco minutos tomar el té en el Sheraton. Sos versátil, rubia, me dijo. Éramos tan jóvenes... Ese recuerdo me dio el puntapié.

Lo primero que trabajé fue explotar el estereotipo de rubia tarada. Una papa. Me salió fácil y fue realmente beneficioso. La gente suele ceder ante una mente inferior, más por hastío que por empatía. Algo así como que va a ser más fácil atenderte que explicarte que si la cortina está baja, está cerrado. Pareciera que no, pero funciona.

Lo siguiente que ensayé fue el desconcierto y salió de taquito. Pasar de Susanita a Libertad, en un chasquido. El mismo cuerpo, la misma ropa. Lo primero que cambia es la mirada, después la tonicidad muscular, la postura, el tono de voz y el conejillo de indias mira como si delante estuviera Hulk.

El tema es que la impunidad es hermana de la codicia y entonces los límites se vuelven demasiado elásticos.

Si nunca me cachean en los recitales, si ni con la luz roja me revisan en los aeropuertos, soy casi invisible. Entonces comprendí que fácilmente podía caminar la ilegalidad sin ser detectada.

La primera vez fue para tomar un avión local. Tenía 22 años y un tío empleado de una aerolínea que tenía boletos gratis para su grupo familiar. A la ida él me subió al avión mientras saludaba a todo el mundo. Tuvo su toque de comedia: él era un morocho contundente y me presentaba a mí como su hija. Sobrina, me convertiste en el cornudo de la empresa. Traeme un buen vino mendocino.

Para el regreso no tenía quién me subiera al avión, así que el domingo de mañana bien temprano memoricé el documento de mi prima, me hice dos trenzas y me presenté en la comisaría local. Denuncié que la tarde anterior tomando un jugo en la peatonal alguien se llevó mi cartera. En ella había un delineador negro, la billetera de tela tejida, tipo hippie, un juego de llaves y el documento. Me hicieron repetir la historia tres veces y salí con la constancia de hurto que me permitió subir al avión siendo mi prima. Salí sabiéndome caperucita después de desayunarse al lobo.

A partir de allí, todo se volvió vertiginoso. Rubia, el porrito llevalo vos que nadie te mira. Rubia, guardame esto que a vos no te revisan. Rubia, explicá vos que te creen todo. Rubia, rubia, rubia.

No soy traficante de drogas, de armas ni de órganos. No obtengo beneficios económicos de mis incursiones al lado oscuro (mamá te lo juro).
 
Puede que sea difícil de entender cuál es la motivación pero yo tampoco entiendo qué le ven a la montaña rusa.