El cuerpo, solo el cuerpo: las partes más poéticas como la piel, las pestañas y su subibaja seductor; la mirada de los ojos o su mera forma que redonda se valora enorme y rasgada misteriosa. Un detalle de la silueta o la silueta lentamente detallada. La comisura de los labios, el calor de dos o el imperio de uno.
Pero también las otras: las tripas revueltas por el veneno ingerido, inyectado, inhalado; el vientre retorcido por emociones atragantadas que más pronto que tarde intoxican contagiando de a milímetros cualquier otra emoción y como el gotero en el cartón, diluye el fondo que no es otra cosa que el envase: el cuerpo, solo el cuerpo.
Un rugido sordo anuncia la hora de deglutir en un reloj detenido. La piel cada vez más fina y amalgamada al hueso, cubierta de olvido y vergüenza ajena, la de los cientos de espejos diarios que señalan que mis ojos se hundieron en vez de ver en mis pómulos mi excentricidad, mi única exuberancia.
Solo el fracasado tiene algo para decir. Mis tripas saben de lo que hablo. Un parque soleado dentro un frío cuarto vacío. La hamaca que se mece sola. Sobre un banco de plaza, huellas de recuerdos no elegidos.
Ahí estamos mis inventos y yo, mis realidades (todas ellas) y cada personaje, cada voz que mora en mí, hiriendo o sanando, ordenando o preguntando.
Cinco días me llevó llegar al cuaderno y estaba frente a mí. Lo abrí buscando el sentido de la intuición, pero allí, cada vez es morir un poco.
Un latido desaforado, un cosquilleo eléctrico, toda la energía puesta en la muerte de una gigante roja.
O enloquecer. Entonces sólo es miedo: la consciencia de cada uno de mis nervios para saber cuándo muero y cuándo escribo.
Tenía guardada una pequeña hoja color vino, esperando por una luz que eternice el instante. La encontré ceca y retorcida como una araña muerta. No pude detener el paso del otoño. Las lágrimas me brotan hacia adentro.