Miscelaneas del Río de la Plata

La sopa no es un juego. Las letras se hacen jugo


jueves, 14 de abril de 2016

La gran confusión



Llegamos a Fortaleza después de un viaje largo y una escala infame de ocho horas y media en el aeropuerto de Guarulhos. Jáder, un amigo periodista, nos esperaba con su sonrisa enorme. Descansamos unas horas y salimos a almorzar, paseo en auto y playa. El calor es un poco agobiante y el aire es denso. El agua estaba ideal y la sal me recordó hasta la más mínima herida externa. Las olas no daban tregua. Fue hermoso.

En Fortaleza es verano todo el año y oscurece a las seis de la tarde. Pasamos por la playa urbana para reservar unos pasajes y recorrimos la feria buscando generar hambre para la cena. En eso estábamos cuando irrumpió una manifestación con las consignas fora Lula, fora Dilma, fora PT, minha bandeira nunca será vermelha. Era una caravana de autos importados y camionetas 4x4: Hylux, Mercedes Benz, Smart, Audi, Mini Cooper. Un lujo de manifestación. Llamaban por altoparlante a sumarse a las calles. Nos preguntamos si la convocatoria era a subirnos a los autos o a correr detrás de ellos. Nunca me subí a un Mercedes. Con sabor amargo, nos sentamos a cenar. Los camarones ayudaron pero no alcanzaron. Jáder pidió una primera impresión de la ciudad. No lo habíamos conversado entre nosotros, pero nos miramos cómplices, dudando entre decir la verdad cruda, una verdad suavizada o mentir y ser felices. Mitad de tabla. Hablamos del espacio público, de la sensación de “a tu suerte” y de la desigualdad. Jáder asintió con el gesto que acompaña a la tristeza conocida. Sin resignación, con tristeza profunda. Resaltamos los camarones, las hermosas playas, las frutas exquisitas.

Mi compañero, uruguayo, trabaja en un estudio brasileño y habla perfectamente el portugués. Yo, argentina que casi toda su infancia veraneó en Uruguay, que tuvo discos de Paralamas en español, que vio el programa que Xuxa hacía para nosotros en español, tuve muchísimo menos contacto con el portugués que el que hubiera podido tener. Antes del Mundial hice una visita fugaz a San Pablo, pero fue recién en este viaje, en el que creo que acomodé la escucha, que alcancé a entender someramente el idioma. Al acercarme, algo cambió.

No obstante, me cuesta Brasil. Me cuesta esa máquina obscena de consumo. Me alucina su exuberancia y me violenta su desigualdad. Caminar por la calle es caminar entre murallas, con alambres de púa electrificados o vidrios rotos sobre los muros y carteles de perros violentos. En Fortaleza, en muchas partes de la ciudad, y en San Pablo, en algunas. La sensación es de desamparo y de que hay dos tipos de personas: las que están dentro de sus autos polarizados o detrás de los muros y las que caminan por las calles, como nosotros. Es entendible el deseo de mantener la intimidad y la seguridad del hogar, pero en esa empresa el mensaje es claro: nada de lo que pasa del lado de afuera del muro importa; tanto, que no quiero ni verlo.

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Hay noticias pequeñas, que no salen en Globo y que hermanan a mi Argentina dolorosa con este Brasil acosado: el miércoles en San Pablo, Waley Alves fue agredido por llevar una gorra roja que tenía la inscripción Zona Sur. En otra parte de la ciudad, una bloggera que estaba en la fila de un supermercado relató que una mujer entró con un bebé a solicitar asilo porque prácticamente estaba siendo apedreada en la calle. El personal de seguridad le respondió que era una loca, una “petista” caminando por la calle con un bebé, que estaba pidiendo que le pegaran. El jueves en Curitiba, una pareja fue agredida porque usaba remeras rojas; la del muchacho tenía una foto del Che Guevara, se la arrancaron del cuerpo y la prendieron fuego. Ese mismo día, en Río de Janeiro, seis policías tuvieron que escoltar a un hombre que vestía de rojo hasta un taxi, después de que una multitud tratara de lincharlo. También en San Pablo, un niño de nueve años fue amenazado por “petista” al ir a la escuela con la camiseta de Suiza.

Hay noticias más rimbombantes, como la agresión que sufrió Odilo Pedro Scherer, obispo de San Pablo: cuando daba la misa de Pascua, una mujer lo acusó de ser un infiltrado comunista en la iglesia católica, se le tiró encima, lo derribó y lo abofeteó hasta que lograron quitársela de encima. Locura es perder la ética: la pediatra María Dolores Bressan le envió un sms a Ariane Leitão informándole que después de los últimos acontecimientos había tomado la decisión indeclinable de dejar de atender a su hijo. Ariane le había consultado unos meses antes porque estaba amamantando e iba a ocupar en forma temporaria un lugar en la Cámara de Concejales. La médica le preguntó de qué partido; ella respondió PT.

¿De dónde sale tanta violencia? Por momentos, me recuerda a la práctica del escrache, aunque en el escrache nunca se ejerce violencia sobre la persona, sino que se intenta llamar la atención de la sociedad sobre quién es esa persona y qué actos cometió. Fue la estrategia principal de algunas organizaciones de derechos humanos en Argentina, para visibilizar a los represores de la última dictadura cívico-militar. Pero su fundamento radicaba en la ausencia de persecución jurisdiccional. Al no ser citados por la Justicia y sometidos a un juicio público, se los escrachaba en la calle o en sus viviendas, para que todo el mundo supiera quién vivía ahí, quién caminaba a nuestro lado.

En Brasil hay más de diez empresarios y una cantidad similar de políticos con condenas firmes por corrupción y delitos relacionados, todos por el caso Petrobras. Cuentas embargadas en Suiza, numerosos procesos judiciales en pleno desarrollo, además de estar tramitándose un pedido de juicio político a la presidenta Dilma Rousseff. Es decir, la Justicia brasileña está investigando activamente los casos denunciados y demuestra total independencia para realizar su labor. ¿Cuál es, entonces, el fundamento para “escrachar” (en el mejor de los casos) a quienes apoyan al PT o a quienes visten de rojo? ¿Cuál es la razón para pasear con carteles de “SOS Fuerzas Armadas”?

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Como a los amputados a los que les duele la pierna, a mí me duele la muela que me sacaron tres días antes de viajar. Y me duele esta sociedad a la que no pertenezco, esta política que no es mía. Repito para mis adentros, como quien formula un mantra o un conjuro: força Dilma, força Lula, força PT. ¿A quién estoy defendiendo? ¿A dos dirigentes políticos acusados de corrupción? ¿A un partido político? No: conjuro por la democracia y por la prevalencia del principio de inocencia como derecho humano elemental. Me rebelo ante la incoherencia: se acusa a la presidenta de financiar la campaña política con fondos obtenidos por una red de funcionarios corruptos. Quien encabeza la comisión de juicio político es el legislador Eduardo Cunha, procesado por corrupción luego de que Suiza informara la existencia de 21 cuentas bancarias a su nombre (o el de su familia) que no declaró. La red de funcionarios investigados no distingue colores ni partidos políticos: los hay de todos; sin embargo, sólo se habla de los presuntos delincuentes del PT. Los grandes medios ponen su foco en el rojo PT y fomentan el odio y la violencia a piacere.

Igual, mi anarquismo me dificulta la defensa de cualquier poder institucionalizado, aun cuando defiendo la democracia. Y la verdad es que ni el gobierno de Dilma ni el de Lula se han caracterizado por modificar un ápice la matriz capitalista. Entonces, ¿qué estoy defendiendo? Necesito números. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, entre 2003 y 2013 la indigencia se redujo 7% (pasó de 11,5% a 4,5%), mientras que la pobreza disminuyó 20% (de 35,8% a 15,7%); la mortalidad infantil se ubicaba en 22,5 cada 1.000 niños nacidos, y en 2015 se logró descender a 14,6. El desempleo se redujo en la mitad. La deuda externa se ubicaba en 38,5% del Producto Interno Bruto en 2003 y cerró a 2014 en 14,4%. En 2003 se registró una inversión extranjera de 9.894 millones de dólares, mientras que en 2014 ingresaron al país 70.855. Esto es lo que defiendo.

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Aun a riesgo de parecer setentista, no me queda otro camino que acudir al odio de clase. Esa es la principal enfermedad de nuestro continente. Porque aquí no ha habido revoluciones, no se han modificado las reglas de juego. No hubo confiscación de bienes ni se han instalado gobiernos comunistas. Ni siquiera se han eliminado los privilegios de los poderes fácticos.

Lo que genera la violencia de los privilegiados históricos es el atisbo de equiparación. No lo que han perdido, sino lo que los otros han ganado. Esos otros no son más que los postergados de la historia. Y nadie quiere tenerlos a su lado. Ya no se trata de mantener un privilegio, sino de mantener una distancia. La necesaria para marcar la diferencia entre nosotros. Porque, en definitiva, es esa la esencia del capitalismo. La que cree que la cuestión es tener o no tener, y que tengo, luego pertenezco y entonces, recién, existo.
 
 
Artículo publicado en La Diaria, en Montevideo el 5 de abril de 2016
http://ladiaria.com.uy/articulo/2016/4/la-gran-confusion/

domingo, 3 de abril de 2016


Me gusta la ropa usada porque tiene historia. Sentir sobre mi piel la historia de un vestido, de una camisa, ponerme el saco que alguien lució con elegancia, con la ansiedad de la primera cita.

Las cosas tienen memoria. Cada pequeña rajadura, abolladura, roce, es un relato. Es una emoción que pasó por allí con la fuerza suficiente para dejar una huella transformadora.

No había visto ese bolsillo interno. Compré el saco en una tienda de usados hace unos años pero ese bolsillo no lo vi. Me sorprendió tanto, como si al saco le hubiera nacido un bolsillo. Y dentro del bolsillo un sobre cerrado para Roberto Herrera Andrade.

La correspondencia es inviolable, lo sé muy bien, pero no sabía qué hacer con esa carta. No me animaba a tirarla. Pensé en buscar al destinatario, pero sin ni siquiera dirección, encontrar a ese Roberto Herrera Andrade no era posible. No había remitente.

Si pudiera elegir nuevamente, no habría abierto el sobre. Ni siquiera puedo acusar impulsividad. Estuvo semanas la carta sobre la biblioteca esperando mi decisión. Todos los días la miraba un rato. La ponía a trasluz, del derecho, del revés. La miraba intensamente queriendo tener ojos de superhéroe. Tal vez en su interior podría encontrar alguna referencia que me permitiera ubicar a Roberto Herrera Andrade.

Nunca leí una carta tan triste. No creo haber sentido una tristeza tan grande, nunca. Y sí que sé de tristezas. La carta tenía como única firma la letra J. J se despide en ella de Roberto. Se despide de la piel que no rozó. “Ya no más mirar tus manos de labranza, ya no más fantasear con perdernos en el trigal”. A medida que avanza la despedida, se hace tan notorio el desgarro en la letra. La hoja se vuelve más fina, casi inmaterial sobre algunas palabras, como si solo hubiera espacio allí para una tinta flotante e indeleble: decisión; salir; espera, añoro; prohibido.

Se despide del miedo a ser descubierta. Se despide del miedo. De la vergüenza. J se va a un no lugar, a no vivir lo que le queda de vida, que a su pesar supone demasiado tiempo. Se destinó a la desmemoria. Y yo no sé cómo quitarme el peso de haberla desterrado del olvido.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Argentina me duele

La última vez que había viajado a Buenos Aires había sido para votar en el balotaje. Nunca antes voté al kirchnerismo ni al peronismo y, de hecho, desde que me instalé en Montevideo, no había vuelto a sufragar. Sin embargo, lo que hasta ese entonces era la amenaza neoliberal resultó una convocatoria suficiente a ejercer mi derecho a voto.

Argentina me duele. Las cosas que pasan desde el cambio de gobierno me quitan el sueño, la esperanza y me llenan de impotencia y horror. Conozco mucha gente que ha perdido su trabajo, que está desesperada. A Daniela, economista y docente, la despidieron de la Secretaría de Comercio junto a cientos de compañeros. A Sergio lo despidieron de la Secretaría de Derechos Humanos. Lo mismo pasó con Jimena y el área completa del Banco Central dedicada a investigar la deuda externa contraída en la última dictadura cívico-militar. Lautaro trabajaba en el Ministerio de Cultura; aquella mañana en la que quiso entrar a trabajar y no se lo permitieron, como si no tuviera desgracia suficiente, desde los edificios vecinos del espléndido barrio de la Recoleta le tiraron huevos. El Tano, economista y docente universitario, trabajó hasta hace dos semanas en un instituto estatal de investigación económica que cerró. Está tratando de conseguir más horas cátedra porque tiene dos hijos y un crédito hipotecario. A mi primo la universidad privada en la que daba clases lo despidió el 23 de diciembre, cuando terminó de tomar examen, cuando ya no se podía despedir de los compañeros, que se enteraron de la situación por Facebook. Los casos se repiten por decenas de miles, pero cada uno tiene un nombre, una familia que perdió, en algunos casos, el único sustento.

Del otro lado del mostrador hay un espacio vacío y una función que el Estado dejó de cumplir, una prestación que dejó de brindar. La semana pasada se cerró el programa Conectar Igualdad, mediante el cual, como en Uruguay, se gestionaban las netbooks para niños y jóvenes de escuelas públicas. Antes, se habían cerrado centros de atención a víctimas de violencia de género. Prácticamente se desmantelaron la Secretaría de Derechos Humanos, la de Comercio, la de Defensa del Consumidor. Por decreto presidencial, se intervino la autoridad de aplicación de la ley de medios y se suspendió de facto la vigencia de dicha ley.

Se ha desplegado un Estado represivo. Represivo en serio, en serie, que desde el discurso y la gestión pública se apoya en las fuerzas de seguridad públicas y privadas para avasallar derechos, para reprimir a los más vulnerables, a quienes están en situación de calle, a quienes han perdido su empleo. Se anularon leyes por decreto. Bajo la excusa del “ñoqui” y la “grasa militante”, se despidió a 30.000 empleados públicos y “te revisamos el Facebook” se instaló como causal de despido. La gente se entera del despido en la puerta del lugar de trabajo, cuando personal de agencias de seguridad privada le impide el ingreso al chequear que su nombre y número de documento están en la lista. No hay explicación, no hay telegrama de despido, no hay previo aviso.

Mientras, en la televisión pública y privada se despliega la cadena nacional de la pavada, delimitada por los escándalos de verano y por Antonia y Balcarce (niña y mascota presidencial, respectivamente). Las redes sociales se transformaron en el medio de comunicación social más efectivo: se suceden las fotos y videos de la represión, los cuerpos heridos por balas de goma, los atropellos de las fuerzas de seguridad. Recién cuando el sol no se puede tapar con la mano, llega la información a la televisión.

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¿Quién no tiene un amigo trosko? Yo tengo un montón. Llamaron a no votar, a votar en blanco, porque era lo mismo, porque estábamos ante una falsa opción. Y yo en parte coincido, pero veía en Daniel Scioli la posibilidad de control de la propia fuerza política, ya que lo que definitivamente no es igual son las bases de uno y otro partido. Y cuando la pesadilla empezó, se babearon con la vuelta del que se vayan todos, con la vuelta de la autogestión popular, de la gente en la calle. ¿Y los cuerpos, compañeros? ¿Quién vela por los cuerpos? ¿No ven acaso que detrás de este gobierno hay una sociedad fascista que pide erradicar las villas y a “los kaka” con napalm y lanzallamas? El otro es el enemigo, choriplaneado resentido, parásito ladrón que hace 12 años se queda con lo mío, con lo que es de todos, menos suyo, porque es extranjero, porque es negro villero, porque es lacra social. Y merece morir.

Llegué al puerto de Buenos Aires el viernes por la noche. Al salir, un hombre me pidió indicaciones para llegar a Lavalle y 9 de Julio. Como suelo caminar hasta Córdoba y Alem para tomar un taxi (y evitar así las mafias enquistadas en el puerto), le propuse que caminara conmigo e indicarle más adelante. Me contó que llegaba a probar suerte: “un trabajo y estudios, si Dios quiere”. Su acento no era de Montevideo; me dijo que venía de Artigas, que había trabajado en el Ejército pero había dejado. Estuvo en Pernambuco, Brasil, estudiando teología y pasó los últimos dos años en Montevideo. En una ciudad tan grande como Buenos Aires, espera tener más oportunidades. Me pidió consejos para vivir allí y lo sorprendían mis gestos; un poco se asustaba y me preguntaba por qué. Le dije que la gente tiene mucha ira, que está muy presionada y reacciona con violencia, que lo peor no es la inseguridad sino la violencia social. ¿Entonces, qué me recomienda? ¿Decir tiene razón y seguir adelante? No supe responder. Me dio la mano al despedirse, se persignó y dijo que Dios me ayude. Que tengas mucha suerte, vas a andar bien.

El sábado a las seis de la tarde fui a una feria del libro de editoriales independientes. Se llama La Sensación y se hace en la calle, en el barrio porteño de Villa Crespo. Al lado de la feria, se inauguraba un local del partido Nuevo Encuentro, una fuerza política kirchnerista. Entre la feria y la inauguración, había muchísima gente. Pensaba quedarme un rato y encontrarme con compañeras del taller literario que hice antes de mudarme a Montevideo. Pero era tanta la gente, tan angosta la vereda y tan transitada la bicisenda que la incomodidad me hizo volver a casa rápidamente. Me esperaba una cena familiar ampliada. En ella estuvieron unos tíos militantes de Nuevo Encuentro. Hacía años que no los veía. Hablamos mucho de política, de la ausencia de la oposición, del flamante protocolo de actuación de las fuerzas de seguridad del Estado en manifestaciones públicas, emitido por el Ministerio de Seguridad (www.minseg.gob.ar/pdf/protocolo-final.pdf). También del local de La Cámpora que había sido baleado la madrugada anterior en Mar del Plata. Con una Itaka, ocho impactos de bala. Mi tío miró su celular y se puso pálido: desde un edificio tiraron contra la gente que estaba en la inauguración del local de Nuevo Encuentro. Al lado de la feria. Dos mujeres resultaron heridas en los brazos. Una cargaba a su bebé. Por suerte, a ella sólo la rozó y al niño no le pasó nada. Desde un edificio alguien disparó cuatro tiros a la gente que estaba en la calle.

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Necesito recapitular: decretos que anulan leyes, que avasallan derechos fundamentales, cerco mediático, censura, listas negras... Como si no fuera suficiente el tufillo a gobierno autoritario, el jefe de Gabinete, Marcos Peña, en conferencia de prensa, justificó: “Estamos ante un Proceso de Reorganización”. Tuvo el decoro de omitir “Nacional”.

“Proceso de Reorganización Nacional” fue el nombre que el gobierno de facto de 1976 eligió para iniciar la dictadura cívico-militar más sangrienta de la historia argentina. Durante los tres gobiernos kirchneristas, los procesos judiciales en contra de los militares fueron política de Estado. Cuando finalizaba el segundo mandato de Cristina Fernández comenzaron procesos judiciales que indagan la participación de civiles en la comisión de delitos de lesa humanidad. Mauricio Macri dijo durante la campaña electoral que mantendría dicha política. Sin embargo, no sólo se desarmaron muchísimas unidades de apoyo a los juicios en diferentes dependencias públicas, sino que también hay integrantes de la nueva administración que están imputados por este tipo de delitos.

El viernes, mientras viajaba en el ómnibus a Colonia, leí la columna de Soledad Platero Puig publicada en Caras y Caretas sobre las declaraciones del ministro de Defensa Nacional, Eleuterio Fernández Huidobro. Una idea planteada por ella se me hizo herida. Reflexiona acerca del último gobierno de facto uruguayo, instaurado por un presidente electo. Frente a la recomendación/deseo del ministro de que el pueblo se armara para defenderse, Platero imagina que, de haber sido así, muchos patriotas habrían sumado su capacidad de fuego a la de las fuerzas represivas.

Sin intentar comparar lo incomparable, no dejo de pensar en el escenario planteado, que se me vuelve demasiado actual. La violencia institucional es un flagelo que estamos acostumbrados a combatir. Que tiene procedimientos escritos que podemos estudiar, debatir y luchar para modificar. La violencia social no tiene límites, procedimiento ni prevención. Conversamos en familia sobre la necesidad de no aceptar ese campo de juego, de no responder con los mismos medios. Pero entonces se impone una pregunta aterradora: ante un Estado represivo funcionando en connivencia con población civil armada de fuego y mucho poder, ¿cuántos muertos estamos dispuestos a poner antes de defendernos por los mismos medios? No hay respuesta tranquilizadora. Desesperanza, impotencia y horror.
 
(Texto publicado en La Diaria, 15/03/2016 - http://ladiaria.com.uy/articulo/2016/3/argentina-me-duele/)

miércoles, 17 de febrero de 2016

Migrar

Veranear en Parque del Plata me hizo soñar con una vida en esta orilla desde los nueve años. No podía haber en el mundo una niña más libre que yo. El camino me llevó casi veinticinco primaveras, pero ya van dos que las vivo en Montevideo.

Soy una privilegiada, nací en el seno de una familia de clase media que me acompañó y me permitió estudiar y desarrollarme. Abogada de profesión que abandoné al cruzar la frontera, vine escapando de la ciudad de la furia.

Más privilegiada aún, antes de migrar, ya tenía amigos en Montevideo. Pero al igual que con los amores, las amistades a distancia también se acostumbran a formas y rituales de continuidad en los que impera la interrupción. Una aparece, se lleva toda la atención en un espacio temporal acotado y desaparece llena de esas atenciones, mimos, buen retorno y volvé pronto.

Esas relaciones deben reconfigurarse y reacomodarse a la cotidianidad sin interrupción. Ya no hay bienvenida, ya no hay despedida, ya no hay novedad. Además cada quién tiene sus compromisos y por variadas razones y sinrazones no siempre somos gregarios. Y el migrante necesita muchas dosis de Punta-del-Diablo-en-enero. Necesitamos muchos cuerpos que nos abracen, que nos apuntalen, porque no solo estamos en construcción; en simultáneo, estamos deconstruyendo la cotidianidad que dejamos río atrás. Los migrantes adolecemos mucho.

Me mudé a un apartamento amoblado y en seguida empecé a trabajar. Ya tenía todo arreglado. Soy impulsiva pero madre y hay cosas en las que no puedo improvisar. Llegué un miércoles que despedía al invierno con una maleta grande primavera-verano y un miedo que no cabía en ningún lado. Dios tuyo, qué frío. Aquella primavera nunca llegó y el apartamento no tenía nada de mí. Su dueña es pintora de un malogrado estilo Gauguin. En cada pared había varias mujeres desnudas con caderotas y tetotas. Con ellas despertaba, desayunaba, cenaba y me enrostraban mi flacura extrema; el presente exuberante ante mi yo más vacío, más auténtico. Quedaron allí colgadas por meses. Mis amigas me lo decían, me lo rogaban, sacá a esas gordas, pero las necesitaba allí, para bajarlas tenía que pasar por mi cuerpo el dolor que provoca armar una vida a los treinta y pico desde la más absoluta ausencia de lo cotidiano, desde un páramo ventoso. Mejor mirar las gordas, porque si miraba alrededor, todo era pasado: el ver dormir a mi hijo en el cuarto de al lado, las cenas con mis amigas, el domingo en familia viendo el partido, la azotea llena en mi cumpleaños, todo se desvanecía. Ya era noviembre y yo estaba helada.

Mi hijo vino al terminar el año y cuando ya tenía mi vida bastante organizada. Una bocanada de aire cálido. Pero él no tuvo infancia en Parque del Plata y a su propio adolecer  se le sumó de forma exponencial el de migrante. Un combo explosivo. Seis meses de alegría por la novedad. Seis meses de furia por el desarraigo. A fin de año decidió volverse. Resistí lo que pude pero finalmente acompañé su decisión, no su camino. Profundicé el desgarro y sazoné la vida con culpa de madre abandónica.

No puedo precisar cuándo empezaron las crisis de angustia y me pregunto si alguna vez se terminarán. Sí la enfermedad física: Abril 2014. Enfentarme a un diagnóstico oncológico, no fue fácil. No tener médicos de confianza en ningún área es tremendo. Porque el ambo blanco que tenés en frente no te habla como te hablaron toda la vida y no querés que te pongan un dedo encima. Preferís arrancarte de cuajo lo que te estás dañando. Y si además consultás con el allá, todo es diferente y más confiable, no importa si es mejor, es lo que conocés y enloquecés. No sabés si encarar con lo que hay o drogarte hasta morir en viaje.

Alguna vez pensé en volver. ¿Volver a dónde? Allá tengo mis afectos primarios pero ya no queda vida cotidiana. Aquí me duelo pero tengo proyectos y sobre todo, tengo ganas.

La salud física se recupera y entonces la vida irrumpe otra vez. Me levanto cada mañana y me recuerdo: soy feliz, estoy donde quiero estar. En la noche me desarmo y cada uno de mis fantasmas y mis muertos salen del ropero y bailan a mi alrededor, se drogan, tienen sexo grupal y no me invitan. Me corretean mostrándome imágenes mías caminando por el Centro sola, entre una multitud que viene y va, en la que los únicos que se distinguen son los otros solos que habitan esta ciudad, sin que mi palabra tenga un receptor. Sin que nadie me abrace.

Amanece, me asomo y veo el puerto, el río que llamamos mar. Siento el paso del tiempo que es tan otro de este lado. Reviso mis heridas, mi carne desgarrada, todo está allí, igual que ayer.

Salgo a la calle cansada, el viento de la Ciudad Vieja me grita en la cara que es acá, que las decisiones siempre duelen, que los procesos y blah, blah, blah. Me subo al ómnibus y un artista canta. Me emocionan los aplausos y aquí se aplaude pila. Recibo un mensaje hot del amor que amo. La piel se me henchina. Hoy dormiremos juntos, sin muertos y con suerte sin fantasmas. Miro por la ventana, la ciudad anda tranquila, Montevideo mira al sur y recibe la luz más linda del Río del Plata.

martes, 16 de febrero de 2016

Carlos se quedó sin trabajo. Camina de la mano de Laurita, a quien todavía no puede explicarle por qué ya no va a haber horario para el cambio de pañales. Ahora solo se cambiarán cuando no dé para más.
Florencia habla por teléfono. Tiene el estómago alborotado por las mariposas. Habla con Marcela y le cuenta su noche de sábado, mientras fuma un cigarrillo en el descanso. Se tropieza, se cae casi encima de Laurita y aunque logra esquivarla, le quema un bracito con el cigarro.
Carlos se desespera. Ve la escena como en cámara lenta, sin poder moverse. Quiere tirar del brazo de Laurita y no puede, está inmóvil.
Florencia reacciona rápidamente, se pone de pie y pide disculpas avergonzada. Laurita grita y llora. Carlos sigue inmóvil, las cuentas, los pañales, el telegrama. Y estalla. Agarra a Florencia del cuello, la levanta y la pone contra la pared. Le grita ¡hija de puta, mirá por dónde caminás!
Florencia responde con un hilo de sangre que brota de su boca. Un fierro saliente en la pared la mató al instante.
La noticia rápidamente circula por los muros amarillos.
El presidente sonrió y mandó a aumentar los impuestos sobre el tabaco.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Redención

Texto publicado en el suplemento Incorrecta del 30/12/2015, en La Diaria.
PDF completo: ladiaria.com.uy/suplemento/incorrecta-4/2015/12/30/

jueves, 14 de enero de 2016

último




una hoja
la muerte engaña zozobra
amanso su mano
no puede apuntar
le asesto
un último verso
una mentira
un reflejo
derrotero de vicios
mi desquicio
los ojos virtuosos
que amé al mirar
y las malditas miradas
que dejé juzgar.
juguemos mi bien
subamos al tren
saltemos antes
de llegar
besándonos
burlamos al edén
escrito mi bien
está, es verdad
en el muro
en la baldosa
inmunda
esa babosa
que mal quiere
calidad de tumba
y se le inunda
no hay macumba
no hay Mokèlé Mbembé
fijate nomás
te señalás con tres
arañas ancianas
lejanas insanas
las dudas las mudas
de ropa y calzado
con arma y granadas
el campo explotado
el niño abusado
la carne al alcance
la hora de cáncer
o cinco minutos
no importa
el reloj
solo
el punto.