Miscelaneas del Río de la Plata

La sopa no es un juego. Las letras se hacen jugo


sábado, 6 de agosto de 2016

La tripa sin filtro


El cuerpo, solo el cuerpo: las partes más poéticas como la piel, las pestañas y su subibaja seductor; la mirada de los ojos o su mera forma que redonda se valora enorme y rasgada misteriosa. Un detalle de la silueta o la silueta lentamente detallada. La comisura de los labios, el calor de dos o el imperio de uno.
Pero también las otras: las tripas revueltas por el veneno ingerido, inyectado, inhalado; el vientre retorcido por emociones atragantadas que más pronto que tarde intoxican contagiando de a milímetros cualquier otra emoción y como el gotero en el cartón, diluye el fondo que no es otra cosa que el envase: el cuerpo, solo el cuerpo.
Un rugido sordo anuncia la hora de deglutir en un reloj detenido. La piel cada vez más fina y amalgamada al hueso, cubierta de olvido y vergüenza ajena, la de los cientos de espejos diarios que señalan que mis ojos se hundieron en vez de ver en mis pómulos mi excentricidad, mi única exuberancia.
Solo el fracasado tiene algo para decir. Mis tripas saben de lo que hablo. Un parque soleado dentro un frío cuarto vacío. La hamaca que se mece sola. Sobre un banco de plaza, huellas de recuerdos no elegidos.
Ahí estamos mis inventos y yo, mis realidades (todas ellas) y cada personaje, cada voz que mora en mí, hiriendo o sanando, ordenando o preguntando.
Cinco días me llevó llegar al cuaderno y estaba frente a mí. Lo abrí buscando el sentido de la intuición, pero allí, cada vez es morir un poco.
Un latido desaforado, un cosquilleo eléctrico, toda la energía puesta en la muerte de una gigante roja.
O enloquecer. Entonces sólo es miedo: la consciencia de cada uno de mis nervios para saber cuándo muero y cuándo escribo.
Tenía guardada una pequeña hoja color vino, esperando por una luz que eternice el instante. La encontré ceca y retorcida como una araña muerta. No pude detener el paso del otoño. Las lágrimas me brotan hacia adentro.

jueves, 4 de agosto de 2016

Faro


Tu bote se hundió.
No pudiste evitar el naufragio.
Durante meses, años,
buceaste tu proyecto
perfecto
en desamparo
abismado a tu dolor.
Y yo, faro:
es acá
es acá, amor
es acá.
Había leído hacía poco:
el deseo
no apoya lo imposible.
Y qué mas da,
me dije,
si es o no es,
si hasta cuándo
o si solo disponemos
de un lugar
bajo la alfombra,
un mundo paralelo
en el que respiras
y suspiro.
- ¿Cuál es el plan, preciosa?
Juguemos al deseo.
La cama, el sillón, la cocina,
en primavera caminar
un rato
y volver corriendo
a recorrernos,
a sabernos de memoria,
juguemos al ideal.
Tenías
la guardia baja
el buceo es cansador.
Te caminé
con los labios,
las heridas
no eran en la piel.
Nunca hablaste
de ellas ni de ella.
Pero estabas allá,
en un pretérito que no era
perfecto ni pluscuamperfecto
Y yo, faro:
es hoy
es hoy, amor
es hoy
Conjugaste
imperfecto por presente
y apagaste la luz.
La ausencia
desbordó.
Mi abuelo decía:
cuando el agua baja
se lo lleva todo.
Yo quería
que me llevase
a mí.
Desagotar
los retazos de tiempo
compartido
que no
me dejan
respirar.
Olvidar
no hace presencia.
Olvidar
me volvió
desértica, arcillosa.
Cada lunar que se borra
en el recuerdo
se hace surco seco
maloliente
en mi propio
cuerpo.
Como si solo
un par de bacterias
hubieran estado allí.
Como si hubiera
vivido cadaver.
Mejor, inundación.
Que el techo
se caiga a pedazos
sobre mí.
Que me lastimen
los escombros.
Sangrar.
Borbotones rojos, tibios
algo de intensidad
que me extraiga
de este cuerpo
petrificado
por un amor
volcánico.

viernes, 27 de mayo de 2016

Área de Recuerdos

http://ladiaria.com.uy/articulo/2016/5/area-de-recuerdos/

Tengo un recuerdo inventado que me acompaña desde la niñez: ronda el mes de marzo de 1976. Caminamos con mi madre por el barrio, tomadas de la mano. Yo tengo cuatro o cinco años. Ella tiene una panza enorme, está embarazada de mi hermano mayor. Caminamos apuradas, disimulando un trote miedoso. Su expresión lo explica todo. Doblamos la esquina al divisar un tanque de guerra.

◆ ◆ ◆

Nací en Buenos Aires en 1979, mi hermano mayor tenía tres años y medio. De la dictadura sólo recuerdo lo que me contaron. Se habló mucho, muchísimo de aquellos años, de los ideales, de las medidas de seguridad, de quienes un día faltaron y nunca más se supo de ellos.
Había un muchacho que estudiaba Filosofía con quien mi padre compartió una materia. Solo una, porque estudiaban carreras diferentes. Pero el examen final lo prepararon juntos. Este muchacho, además, era poeta. La noche anterior al examen intercalaron mates con café y apuntes con poemas. Salieron de mañana apurados a la facultad y el poeta dejó olvidada su carpeta literaria.
Era época de Isabel y López Rega; la facultad fue clausurada dos cuatrimestres. Cuando retomó la actividad, mi padre llevó diariamente la carpeta entre sus cuadernos y libros, pero no volvió a encontrar a ese poeta.
Tampoco volvió a leer los textos. Sin embargo, a lo largo de los años, esa carpeta lo siguió acompañando. Llegó un momento en el que el nombre del muchacho pasó al olvido, sobre todo porque sus escritos estaban firmados con un seudónimo, pero ante cada mudanza la carpeta fue puesta en la pila de cosas “A definir”, y cada vez, sin saber bien por qué, terminó en la caja de “Recuerdos” o de “Filosofía y Letras”, según.
El domingo 16 de junio de 2013 mi padre leía el diario, como en cada desayuno. En un recuadro bajo y pequeño se encontró con la mirada de aquel poeta. En la foto no tenía la barba y el pelo a lo Marx que usaba cuando se conocieron; estaba afeitado y prolijo. Pero la mirada intensa y de pibe bueno sacudió la memoria. Se cumplían 37 años de la desaparición de Esteban y la familia le rendía homenaje. Se lo llevaron a él, de 24 años, y a su esposa, de 23, del apartamento que compartían en el barrio de Caballito. Cuatro días después, con 23 años y medio, mis padres tenían su primer hijo. La familia buscaba a Esteban desde entonces, y la publicación que impactó a mi padre tenía una dirección de correo electrónico para cualquier información que se pudiera aportar.
Luego de buscar, sin suerte, en los apuntes de la facultad, fue al área de recuerdos; le llevó unas cuantas horas, pero encontró los originales. Escribió a la dirección de correo de la familia:

“Estimadas sobrinas, hermano y padres de Esteban: No tengo para darles información precisa sobre Esteban, pero sí tengo algo que refleja fielmente su condición humana: sus poemas y narraciones.
Creo que fue en 1974 y 1975 que nos conocimos en una materia de la facultad, y en una noche de estudios dejó su carpeta en mi casa. Nuestra amistad fue efímera, porque la facultad estuvo cerrada por varios meses y no lo vi más. Nunca supe dónde vivía. Intenté ubicarlo durante unos años, pero nadie sabía de él.
Agradezco a la vida haber visto vuestro recordatorio en el diario. No estaba seguro de haber conservado los textos, pero aquí estoy con cincuenta hojas escritas a mano y firmadas con el seudónimo ARANMAGA.
Estoy emocionado por la posibilidad de reintegrar estos textos a sus seres queridos y conmovido por poder acompañarlos en su lucha contra el olvido.”

La respuesta demoró cuatro meses. Durante años, en esa casilla de correos la familia sólo recibió agravios y amenazas, por lo que fue perdiendo el hábito de revisarla.
Se comunicó el hermano, sus padres ya habían muerto; pero además de él, sus cuatro hijas estaban ansiosas por leer a su tío.
Se encontraron pocos días después. El acto de entrega de textos fue entre lágrimas de todos. El hermano contó que ambos eran empleados del mismo banco, que la noche anterior a la desaparición de Esteban cenaron en familia por el cumpleaños de su madre. En la mañana lo llamaron porque su hermano había faltado al banco sin aviso. De inmediato fue a buscarlo. Vio su auto estacionado a la vuelta. Tocó varias veces el timbre, sin obtener respuesta. Una vecina lo ayudó a entrar: estaba todo revuelto y la pareja no estaba. No volvieron a saber de ellos. Su mamá adhirió de inmediato a Madres de Plaza de Mayo y murió en 2010, militando hasta el último día. Su padre fue gendarme y murió en 2001 pensando que su hijo se había equivocado. Nunca dejó de identificarse con las fuerzas armadas ni entendió lo que había pasado. Acompañaba a su esposa a las actividades de las Madres, pero se quedaba molesto a un costado.

◆ ◆ ◆

Hace unos días, Lorena, una compañera que está estudiando lenguaje de señas, escribió en Facebook que su profesora les contó que nació sorda y con la cara quemada por tanta picana que le dieron a su madre estando embarazada. Esa noticia chiquita, esa puñalada profunda, me retrotrajo a 2013, al encuentro de mis padres y la familia del poeta bueno de mirada intensa. A esta profesora los milicos y sus cómplices la dejaron sorda antes de nacer; a Esteban lo enmudecieron durante 37 años.
Nada se compara, desde ya, con la vida, tampoco con la muerte. Los familiares de desaparecidos no tienen ninguna de las dos.
Se ha dicho que después de tantos años, exigir justicia es perseguir venganza, que se debe apelar a sentimientos humanitarios frente a quienes hoy son ancianos desvalidos, que se debe buscar la reconciliación social. La venganza supone la existencia de un daño previo y no es otra cosa que la búsqueda de justicia por mano propia.
Quien pide justicia, rechaza el camino de la venganza.
La reconciliación tiene varias formas de llevarse adelante (y de cada forma derivan las consecuencias del proceso conciliador), pero cualquiera de ellas requiere sine qua non de la presencia de dos o más partes y de la asunción de responsabilidades. ¿Con quién deberían reconciliarse la familia de Esteban o la profesora de Lorena? Para la reconciliación sigue faltando una parte: la que asume que asesinó a Esteban (y pone así fin al delito continuado de desaparición forzada); la que le dice a la profesora “yo te produje sordera”. Aún hoy hay quienes se oponen a las búsquedas, roban investigaciones, amenazan a antropólogos forenses. ¿Cómo podemos hablar seriamente de reconciliación?
Sigue siendo imprescindible que el Estado avance a través del agente judicial, otorgándole el respaldo político, económico e institucional que este tipo de procesos complejos requieren. Es necesario encontrar a los desaparecidos y darles muerte. Debemos entender que la muerte también es un derecho humano inalienable que el Estado está obligado a garantizar.
También tenemos oportunidad de honrar la vida. En el caso de Esteban, su hermano menor se ha reencontrado con una parte de su vida. Sus sobrinas lo han podido conocer de puño y letra. La lucha contra el olvido ha calado tan hondo en la sociedad, que muchas veces se da de forma inconsciente: mientras se quemaban agendas, se guardaban documentos. En ambos casos, prevalece el instinto de conservación de la vida, de la memoria.
Apelando a ese instinto, me pregunto cuánta vida tenemos posibilidad de restituir si revisamos nuestras áreas de recuerdos.
Texto publicado en La Diaria, el 18 de mayo de 2016.-
  

martes, 17 de mayo de 2016

Maquinistas de raza

Texto publicado en Incorrecta Nº 8, 29/04/2016, en La Diaria.


  En Buenos Aires trabajé durante años en un banco. Una compañera, la delegada del gremio, llegó un día contando lo que había sido la mayor vergüenza de su vida. Acompañaba a su hermana (abogada de una central obrera) a la emergencia. En la sala de espera, su sobrino de cuatro años gritó “¡mamá, mamá, hay un monito! ¿Lo puedo tocar?”. El niño señalaba a un bebé negro.
  En Argentina no hay negros, dicen. Los negros murieron matando a los realistas y a los indios, escuché más de una vez, entonces sólo quedamos nosotros, los que bajamos de los barcos. Me pareció un divertido sustituto de la cigüeña: mamá, ¿de dónde vienen los bebés? De los barcos, corazón, como los abuelos. Pero explicar que los barcos llevan abuelos y bebés era meterse en un terreno medio raro (aunque la imagen del comienzo y el final de la vida unidos en altamar es bella) y difícil de sostener al subirnos anualmente al barco que nos traía a nuestras vacaciones en la Costa de Oro.
◆◆◆
  Rectifico, en la capital dicen que en Argentina todos bajamos de los barcos. Y los que no, son negros. Pero no negros de piel, de ésos que fueron bajados de los barcos, de ésos no hay más. Ahora hay “negros dealma”. Negro de alma es un término noventoso y europeocentrista/individualista, propio de una sociedad fragmentada: la imaginada por el neoliberalismo. El negro de alma vino a reemplazar al “cabecita negra” nacido después de la crisis del 30, cuando Buenos Aires comenzó a recibir grandes oleadas de migración interna. Tanto el “cabecita negra” como el “descamisado” fueron tomados por el peronismo de forma reivindicativa de la clase obrera. Ya en los 90, la aclaración (no de piel, de alma) era necesaria para no quedar como racista. De clasismo había dejado de hablarse.
  Hace unos días, en un programa de televisión argentino, se debatía sobre un violento operativo policial en la Villa 31 (Retiro), amparado por el último grito de la moda: la lucha contra el narcotráfico. Una mujer de la tribuna tomó la palabra como referente de la villa. El conductor (bajito, blanco, rubio y de ojos claros) le preguntó aseverando si era inmigrante y cuál era su origen. “Soy salteña, gracias a Dios”. El cínico quiso saber por qué “gracias a Dios” y ella fue implacable: “Porque muchos se olvidan que los argentinos somos coyas. Porque hoy, con tanta inmigración, qué se yo quiénes somos los argentinos. Pero nosotros, los salteños, los jujeños, los tucumanos, somos argentinos y tenemos este rostro. Somos coyas y mapuches, también”.
  Y mapuches. Hace unos años, el movimiento Teatro x la Identidad, uno de los brazos artísticos de la organización Abuelas de Plaza Mayo, llegó a la provincia de Neuquén. A partir de sus presentaciones, una cantidad de jóvenes comenzó a indagar respecto de sus orígenes, descubriendo así su descendencia mapuche, que había permanecido oculta por generaciones. En una época, se trató de una cuestión de vida o muerte, pero luego la peyorativa social se mantuvo a lo largo de los años y las familias continuaron ocultando sus orígenes, hasta que estos jóvenes completaron su identidad y comenzaron a reivindicarla.
  Argentina se constituyó como Estado Nación apelando a la inmigración europea no española. Juan Bautista Alberdi lo hace explícito en su libro Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, de 1852, fuente de la Asamblea General Constituyente que en 1853 redactó la primera Constitución Argentina (que excluía a Buenos Aires). “La libertad es una máquina que, como el vapor, requiere para su manejo maquinistas ingleses de origen. Sin la cooperación de esa raza es imposible aclimatar la libertad y el progreso material en ninguna parte. Crucemos con ella nuestro pueblo oriental y poético de origen, le daremos la aptitud del progreso y de la libertad práctica”. Es claro que para Alberdi nuestro pueblo no incluía a las poblaciones indígenas: entendía a los territorios que ellos habitaban como desiertos a ser poblados por la inmigración. Alberdi y Sarmiento fueron considerados los padres del ideario liberal argentino en los que se basó la llamada “Generación del 80”, bajo la conjugación de los lemas “Gobernar es poblar”, del primero, y “Educar al soberano”, del segundo. Esta generación, al mando específico del general Julio Argentino Roca, fue la responsable del etnocidio indígena (y reducción final a la esclavitud, a pesar de estar prohibida desde 1813), que sobrevivió a la conquista española.
  En la escuela aprendimos la Marcha de San Lorenzo, una marcha militar mundialmente conocida (partitura interpretada en muchísimos países, entre los que se cuentan Inglaterra y Alemania) que reivindica la lucha por la independencia. Los últimos versos son dedicados a otro Juan Bautista: “Cabral soldado heroico, cubriéndose de gloria, cual precio a la victoria, su vida rinde, haciéndose inmortal. Así salvó su arrojo, la libertad naciente, de medio continente, honor, honor, al gran Cabral”. Todavía recuerdo su retrato en el manual de historia: blanco, de nariz aguileña, bigote y barba de la época; parecía un coronel (los historiadores discuten si alcanzó el grado de sargento). El mérito de Cabral fue salvar la vida de San Martín convirtiéndose así en mártir. Tanto honor, honor, no fue suficiente: durante más de un siglo se ocultó su identidad. Cabral nació en la provincia de Corrientes, hijo de un indígena guaraní y una esclava angoleña. Cabral era negro, indígena y —por qué no, también, gracias a él— argentino.
  Sarmiento, por su parte, trajo maestras europeas para civilizar mediante la impartición de educación pública y esa tradición de mirar al norte sigue hasta hoy. La lógica del opresor impregnó de tal modo, que aun hoy, muchos reivindican identidades extrañas así como clases ajenas.
◆◆◆
  A comienzos de 2010, me incorporé a un movimiento social de trabajadores y desocupados que, además de emprender una pluralidad de luchas para mejorar la postergación histórica de las barriadas más vulnerables de la Ciudad de Buenos Aires, contaba con una propuesta educativa para jóvenes y adultos excluidos del sistema escolar medio, enmarcada en la educación popular. Yo daba clases de Derechos Humanos y de Relaciones del Trabajo en el Bachillerato Popular de Villa Soldati. Allí la realidad del aula era muy diferente a todas las experiencias educativas por las cuales había transitado. El grupo estaba constituido por mujeres y hombres de entre 16 y 65 años, más bebés y niños pequeños que correteaban mientras la clase se desenvolvía. La materia Derechos Humanos era la más polémica, ya que leer en la Constitución Nacional argentina y en los tratados internacionales todos los derechos que el Estado se obliga a garantizar y contrastarlos con la realidad generaba indignación y violencia. 
  Un tema realmente álgido fue el derecho a la salud pública. Varios estudiantes se quejaron de los extranjeros que viajaban a atenderse a los hospitales públicos de la ciudad y que por miedo a ser denunciados por discriminación los médicos los atendían primero. Al viejo y conocido “vienen a quitarnos el trabajo”, se sumó el “vienen a quitarnos la salud”. Dos hermanas bolivianas integraban el grupo y varios de los que sostenían este punto eran descendientes de inmigrantes. Pero, además, quien estaba al frente de la clase no se atendía en hospitales públicos, por lo cual en muchos aspectos mis posiciones eran criticadas por no pertenecer, por no padecer.
  El reconocimiento del propio origen resuelve gran parte de las pretendidas diferencias. Una de las tareas fue indagar en cada familia su llegada al barrio, desde la primera información con la que contaran hasta la actualidad. Los relatos que trajeron fueron maravillosos; el que no provenía del interior del país, provenía de algún país del continente. Si no fue por un trabajo o la esperanza de conseguirlo, fue por un problema de salud que no podía ser resuelto en el lugar de origen, sea porque no había salud pública (en el caso de migrantes externos) o porque las instituciones locales no tenían infraestructura o especialistas que pudieran atenderlos. Esto, sumado a las penurias y malos tratos que, sin excepción, atravesó cada familia.
  Demoledora la conclusión: quien tiene que dejar su lugar de origen, trasladarse cientos o miles de kilómetros para sobrevivir, no es un oportunista, es una víctima. Igual que quien en su propio lugar no cuenta con condiciones dignas de vida, pero peor. El racismo y la xenofobia no son más que un ejercicio brutal de la opresión de una clase dominante que se ampara en conceptos que fueron ideados precisamente para mantener privilegiados y desgraciados. 
  Aunque se impone reconocer una verdad: venimos de los barcos y de los buses, de los trenes, de las pateras. Los blancos, los negros, los colorados. Existen diferencias de origen pero siempre también son de clase.





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jueves, 14 de abril de 2016

La gran confusión



Llegamos a Fortaleza después de un viaje largo y una escala infame de ocho horas y media en el aeropuerto de Guarulhos. Jáder, un amigo periodista, nos esperaba con su sonrisa enorme. Descansamos unas horas y salimos a almorzar, paseo en auto y playa. El calor es un poco agobiante y el aire es denso. El agua estaba ideal y la sal me recordó hasta la más mínima herida externa. Las olas no daban tregua. Fue hermoso.

En Fortaleza es verano todo el año y oscurece a las seis de la tarde. Pasamos por la playa urbana para reservar unos pasajes y recorrimos la feria buscando generar hambre para la cena. En eso estábamos cuando irrumpió una manifestación con las consignas fora Lula, fora Dilma, fora PT, minha bandeira nunca será vermelha. Era una caravana de autos importados y camionetas 4x4: Hylux, Mercedes Benz, Smart, Audi, Mini Cooper. Un lujo de manifestación. Llamaban por altoparlante a sumarse a las calles. Nos preguntamos si la convocatoria era a subirnos a los autos o a correr detrás de ellos. Nunca me subí a un Mercedes. Con sabor amargo, nos sentamos a cenar. Los camarones ayudaron pero no alcanzaron. Jáder pidió una primera impresión de la ciudad. No lo habíamos conversado entre nosotros, pero nos miramos cómplices, dudando entre decir la verdad cruda, una verdad suavizada o mentir y ser felices. Mitad de tabla. Hablamos del espacio público, de la sensación de “a tu suerte” y de la desigualdad. Jáder asintió con el gesto que acompaña a la tristeza conocida. Sin resignación, con tristeza profunda. Resaltamos los camarones, las hermosas playas, las frutas exquisitas.

Mi compañero, uruguayo, trabaja en un estudio brasileño y habla perfectamente el portugués. Yo, argentina que casi toda su infancia veraneó en Uruguay, que tuvo discos de Paralamas en español, que vio el programa que Xuxa hacía para nosotros en español, tuve muchísimo menos contacto con el portugués que el que hubiera podido tener. Antes del Mundial hice una visita fugaz a San Pablo, pero fue recién en este viaje, en el que creo que acomodé la escucha, que alcancé a entender someramente el idioma. Al acercarme, algo cambió.

No obstante, me cuesta Brasil. Me cuesta esa máquina obscena de consumo. Me alucina su exuberancia y me violenta su desigualdad. Caminar por la calle es caminar entre murallas, con alambres de púa electrificados o vidrios rotos sobre los muros y carteles de perros violentos. En Fortaleza, en muchas partes de la ciudad, y en San Pablo, en algunas. La sensación es de desamparo y de que hay dos tipos de personas: las que están dentro de sus autos polarizados o detrás de los muros y las que caminan por las calles, como nosotros. Es entendible el deseo de mantener la intimidad y la seguridad del hogar, pero en esa empresa el mensaje es claro: nada de lo que pasa del lado de afuera del muro importa; tanto, que no quiero ni verlo.

◆ ◆ ◆

Hay noticias pequeñas, que no salen en Globo y que hermanan a mi Argentina dolorosa con este Brasil acosado: el miércoles en San Pablo, Waley Alves fue agredido por llevar una gorra roja que tenía la inscripción Zona Sur. En otra parte de la ciudad, una bloggera que estaba en la fila de un supermercado relató que una mujer entró con un bebé a solicitar asilo porque prácticamente estaba siendo apedreada en la calle. El personal de seguridad le respondió que era una loca, una “petista” caminando por la calle con un bebé, que estaba pidiendo que le pegaran. El jueves en Curitiba, una pareja fue agredida porque usaba remeras rojas; la del muchacho tenía una foto del Che Guevara, se la arrancaron del cuerpo y la prendieron fuego. Ese mismo día, en Río de Janeiro, seis policías tuvieron que escoltar a un hombre que vestía de rojo hasta un taxi, después de que una multitud tratara de lincharlo. También en San Pablo, un niño de nueve años fue amenazado por “petista” al ir a la escuela con la camiseta de Suiza.

Hay noticias más rimbombantes, como la agresión que sufrió Odilo Pedro Scherer, obispo de San Pablo: cuando daba la misa de Pascua, una mujer lo acusó de ser un infiltrado comunista en la iglesia católica, se le tiró encima, lo derribó y lo abofeteó hasta que lograron quitársela de encima. Locura es perder la ética: la pediatra María Dolores Bressan le envió un sms a Ariane Leitão informándole que después de los últimos acontecimientos había tomado la decisión indeclinable de dejar de atender a su hijo. Ariane le había consultado unos meses antes porque estaba amamantando e iba a ocupar en forma temporaria un lugar en la Cámara de Concejales. La médica le preguntó de qué partido; ella respondió PT.

¿De dónde sale tanta violencia? Por momentos, me recuerda a la práctica del escrache, aunque en el escrache nunca se ejerce violencia sobre la persona, sino que se intenta llamar la atención de la sociedad sobre quién es esa persona y qué actos cometió. Fue la estrategia principal de algunas organizaciones de derechos humanos en Argentina, para visibilizar a los represores de la última dictadura cívico-militar. Pero su fundamento radicaba en la ausencia de persecución jurisdiccional. Al no ser citados por la Justicia y sometidos a un juicio público, se los escrachaba en la calle o en sus viviendas, para que todo el mundo supiera quién vivía ahí, quién caminaba a nuestro lado.

En Brasil hay más de diez empresarios y una cantidad similar de políticos con condenas firmes por corrupción y delitos relacionados, todos por el caso Petrobras. Cuentas embargadas en Suiza, numerosos procesos judiciales en pleno desarrollo, además de estar tramitándose un pedido de juicio político a la presidenta Dilma Rousseff. Es decir, la Justicia brasileña está investigando activamente los casos denunciados y demuestra total independencia para realizar su labor. ¿Cuál es, entonces, el fundamento para “escrachar” (en el mejor de los casos) a quienes apoyan al PT o a quienes visten de rojo? ¿Cuál es la razón para pasear con carteles de “SOS Fuerzas Armadas”?

◆ ◆ ◆

Como a los amputados a los que les duele la pierna, a mí me duele la muela que me sacaron tres días antes de viajar. Y me duele esta sociedad a la que no pertenezco, esta política que no es mía. Repito para mis adentros, como quien formula un mantra o un conjuro: força Dilma, força Lula, força PT. ¿A quién estoy defendiendo? ¿A dos dirigentes políticos acusados de corrupción? ¿A un partido político? No: conjuro por la democracia y por la prevalencia del principio de inocencia como derecho humano elemental. Me rebelo ante la incoherencia: se acusa a la presidenta de financiar la campaña política con fondos obtenidos por una red de funcionarios corruptos. Quien encabeza la comisión de juicio político es el legislador Eduardo Cunha, procesado por corrupción luego de que Suiza informara la existencia de 21 cuentas bancarias a su nombre (o el de su familia) que no declaró. La red de funcionarios investigados no distingue colores ni partidos políticos: los hay de todos; sin embargo, sólo se habla de los presuntos delincuentes del PT. Los grandes medios ponen su foco en el rojo PT y fomentan el odio y la violencia a piacere.

Igual, mi anarquismo me dificulta la defensa de cualquier poder institucionalizado, aun cuando defiendo la democracia. Y la verdad es que ni el gobierno de Dilma ni el de Lula se han caracterizado por modificar un ápice la matriz capitalista. Entonces, ¿qué estoy defendiendo? Necesito números. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, entre 2003 y 2013 la indigencia se redujo 7% (pasó de 11,5% a 4,5%), mientras que la pobreza disminuyó 20% (de 35,8% a 15,7%); la mortalidad infantil se ubicaba en 22,5 cada 1.000 niños nacidos, y en 2015 se logró descender a 14,6. El desempleo se redujo en la mitad. La deuda externa se ubicaba en 38,5% del Producto Interno Bruto en 2003 y cerró a 2014 en 14,4%. En 2003 se registró una inversión extranjera de 9.894 millones de dólares, mientras que en 2014 ingresaron al país 70.855. Esto es lo que defiendo.

◆ ◆ ◆

Aun a riesgo de parecer setentista, no me queda otro camino que acudir al odio de clase. Esa es la principal enfermedad de nuestro continente. Porque aquí no ha habido revoluciones, no se han modificado las reglas de juego. No hubo confiscación de bienes ni se han instalado gobiernos comunistas. Ni siquiera se han eliminado los privilegios de los poderes fácticos.

Lo que genera la violencia de los privilegiados históricos es el atisbo de equiparación. No lo que han perdido, sino lo que los otros han ganado. Esos otros no son más que los postergados de la historia. Y nadie quiere tenerlos a su lado. Ya no se trata de mantener un privilegio, sino de mantener una distancia. La necesaria para marcar la diferencia entre nosotros. Porque, en definitiva, es esa la esencia del capitalismo. La que cree que la cuestión es tener o no tener, y que tengo, luego pertenezco y entonces, recién, existo.
 
 
Artículo publicado en La Diaria, en Montevideo el 5 de abril de 2016
http://ladiaria.com.uy/articulo/2016/4/la-gran-confusion/

domingo, 3 de abril de 2016


Me gusta la ropa usada porque tiene historia. Sentir sobre mi piel la historia de un vestido, de una camisa, ponerme el saco que alguien lució con elegancia, con la ansiedad de la primera cita.

Las cosas tienen memoria. Cada pequeña rajadura, abolladura, roce, es un relato. Es una emoción que pasó por allí con la fuerza suficiente para dejar una huella transformadora.

No había visto ese bolsillo interno. Compré el saco en una tienda de usados hace unos años pero ese bolsillo no lo vi. Me sorprendió tanto, como si al saco le hubiera nacido un bolsillo. Y dentro del bolsillo un sobre cerrado para Roberto Herrera Andrade.

La correspondencia es inviolable, lo sé muy bien, pero no sabía qué hacer con esa carta. No me animaba a tirarla. Pensé en buscar al destinatario, pero sin ni siquiera dirección, encontrar a ese Roberto Herrera Andrade no era posible. No había remitente.

Si pudiera elegir nuevamente, no habría abierto el sobre. Ni siquiera puedo acusar impulsividad. Estuvo semanas la carta sobre la biblioteca esperando mi decisión. Todos los días la miraba un rato. La ponía a trasluz, del derecho, del revés. La miraba intensamente queriendo tener ojos de superhéroe. Tal vez en su interior podría encontrar alguna referencia que me permitiera ubicar a Roberto Herrera Andrade.

Nunca leí una carta tan triste. No creo haber sentido una tristeza tan grande, nunca. Y sí que sé de tristezas. La carta tenía como única firma la letra J. J se despide en ella de Roberto. Se despide de la piel que no rozó. “Ya no más mirar tus manos de labranza, ya no más fantasear con perdernos en el trigal”. A medida que avanza la despedida, se hace tan notorio el desgarro en la letra. La hoja se vuelve más fina, casi inmaterial sobre algunas palabras, como si solo hubiera espacio allí para una tinta flotante e indeleble: decisión; salir; espera, añoro; prohibido.

Se despide del miedo a ser descubierta. Se despide del miedo. De la vergüenza. J se va a un no lugar, a no vivir lo que le queda de vida, que a su pesar supone demasiado tiempo. Se destinó a la desmemoria. Y yo no sé cómo quitarme el peso de haberla desterrado del olvido.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Argentina me duele

La última vez que había viajado a Buenos Aires había sido para votar en el balotaje. Nunca antes voté al kirchnerismo ni al peronismo y, de hecho, desde que me instalé en Montevideo, no había vuelto a sufragar. Sin embargo, lo que hasta ese entonces era la amenaza neoliberal resultó una convocatoria suficiente a ejercer mi derecho a voto.

Argentina me duele. Las cosas que pasan desde el cambio de gobierno me quitan el sueño, la esperanza y me llenan de impotencia y horror. Conozco mucha gente que ha perdido su trabajo, que está desesperada. A Daniela, economista y docente, la despidieron de la Secretaría de Comercio junto a cientos de compañeros. A Sergio lo despidieron de la Secretaría de Derechos Humanos. Lo mismo pasó con Jimena y el área completa del Banco Central dedicada a investigar la deuda externa contraída en la última dictadura cívico-militar. Lautaro trabajaba en el Ministerio de Cultura; aquella mañana en la que quiso entrar a trabajar y no se lo permitieron, como si no tuviera desgracia suficiente, desde los edificios vecinos del espléndido barrio de la Recoleta le tiraron huevos. El Tano, economista y docente universitario, trabajó hasta hace dos semanas en un instituto estatal de investigación económica que cerró. Está tratando de conseguir más horas cátedra porque tiene dos hijos y un crédito hipotecario. A mi primo la universidad privada en la que daba clases lo despidió el 23 de diciembre, cuando terminó de tomar examen, cuando ya no se podía despedir de los compañeros, que se enteraron de la situación por Facebook. Los casos se repiten por decenas de miles, pero cada uno tiene un nombre, una familia que perdió, en algunos casos, el único sustento.

Del otro lado del mostrador hay un espacio vacío y una función que el Estado dejó de cumplir, una prestación que dejó de brindar. La semana pasada se cerró el programa Conectar Igualdad, mediante el cual, como en Uruguay, se gestionaban las netbooks para niños y jóvenes de escuelas públicas. Antes, se habían cerrado centros de atención a víctimas de violencia de género. Prácticamente se desmantelaron la Secretaría de Derechos Humanos, la de Comercio, la de Defensa del Consumidor. Por decreto presidencial, se intervino la autoridad de aplicación de la ley de medios y se suspendió de facto la vigencia de dicha ley.

Se ha desplegado un Estado represivo. Represivo en serio, en serie, que desde el discurso y la gestión pública se apoya en las fuerzas de seguridad públicas y privadas para avasallar derechos, para reprimir a los más vulnerables, a quienes están en situación de calle, a quienes han perdido su empleo. Se anularon leyes por decreto. Bajo la excusa del “ñoqui” y la “grasa militante”, se despidió a 30.000 empleados públicos y “te revisamos el Facebook” se instaló como causal de despido. La gente se entera del despido en la puerta del lugar de trabajo, cuando personal de agencias de seguridad privada le impide el ingreso al chequear que su nombre y número de documento están en la lista. No hay explicación, no hay telegrama de despido, no hay previo aviso.

Mientras, en la televisión pública y privada se despliega la cadena nacional de la pavada, delimitada por los escándalos de verano y por Antonia y Balcarce (niña y mascota presidencial, respectivamente). Las redes sociales se transformaron en el medio de comunicación social más efectivo: se suceden las fotos y videos de la represión, los cuerpos heridos por balas de goma, los atropellos de las fuerzas de seguridad. Recién cuando el sol no se puede tapar con la mano, llega la información a la televisión.

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¿Quién no tiene un amigo trosko? Yo tengo un montón. Llamaron a no votar, a votar en blanco, porque era lo mismo, porque estábamos ante una falsa opción. Y yo en parte coincido, pero veía en Daniel Scioli la posibilidad de control de la propia fuerza política, ya que lo que definitivamente no es igual son las bases de uno y otro partido. Y cuando la pesadilla empezó, se babearon con la vuelta del que se vayan todos, con la vuelta de la autogestión popular, de la gente en la calle. ¿Y los cuerpos, compañeros? ¿Quién vela por los cuerpos? ¿No ven acaso que detrás de este gobierno hay una sociedad fascista que pide erradicar las villas y a “los kaka” con napalm y lanzallamas? El otro es el enemigo, choriplaneado resentido, parásito ladrón que hace 12 años se queda con lo mío, con lo que es de todos, menos suyo, porque es extranjero, porque es negro villero, porque es lacra social. Y merece morir.

Llegué al puerto de Buenos Aires el viernes por la noche. Al salir, un hombre me pidió indicaciones para llegar a Lavalle y 9 de Julio. Como suelo caminar hasta Córdoba y Alem para tomar un taxi (y evitar así las mafias enquistadas en el puerto), le propuse que caminara conmigo e indicarle más adelante. Me contó que llegaba a probar suerte: “un trabajo y estudios, si Dios quiere”. Su acento no era de Montevideo; me dijo que venía de Artigas, que había trabajado en el Ejército pero había dejado. Estuvo en Pernambuco, Brasil, estudiando teología y pasó los últimos dos años en Montevideo. En una ciudad tan grande como Buenos Aires, espera tener más oportunidades. Me pidió consejos para vivir allí y lo sorprendían mis gestos; un poco se asustaba y me preguntaba por qué. Le dije que la gente tiene mucha ira, que está muy presionada y reacciona con violencia, que lo peor no es la inseguridad sino la violencia social. ¿Entonces, qué me recomienda? ¿Decir tiene razón y seguir adelante? No supe responder. Me dio la mano al despedirse, se persignó y dijo que Dios me ayude. Que tengas mucha suerte, vas a andar bien.

El sábado a las seis de la tarde fui a una feria del libro de editoriales independientes. Se llama La Sensación y se hace en la calle, en el barrio porteño de Villa Crespo. Al lado de la feria, se inauguraba un local del partido Nuevo Encuentro, una fuerza política kirchnerista. Entre la feria y la inauguración, había muchísima gente. Pensaba quedarme un rato y encontrarme con compañeras del taller literario que hice antes de mudarme a Montevideo. Pero era tanta la gente, tan angosta la vereda y tan transitada la bicisenda que la incomodidad me hizo volver a casa rápidamente. Me esperaba una cena familiar ampliada. En ella estuvieron unos tíos militantes de Nuevo Encuentro. Hacía años que no los veía. Hablamos mucho de política, de la ausencia de la oposición, del flamante protocolo de actuación de las fuerzas de seguridad del Estado en manifestaciones públicas, emitido por el Ministerio de Seguridad (www.minseg.gob.ar/pdf/protocolo-final.pdf). También del local de La Cámpora que había sido baleado la madrugada anterior en Mar del Plata. Con una Itaka, ocho impactos de bala. Mi tío miró su celular y se puso pálido: desde un edificio tiraron contra la gente que estaba en la inauguración del local de Nuevo Encuentro. Al lado de la feria. Dos mujeres resultaron heridas en los brazos. Una cargaba a su bebé. Por suerte, a ella sólo la rozó y al niño no le pasó nada. Desde un edificio alguien disparó cuatro tiros a la gente que estaba en la calle.

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Necesito recapitular: decretos que anulan leyes, que avasallan derechos fundamentales, cerco mediático, censura, listas negras... Como si no fuera suficiente el tufillo a gobierno autoritario, el jefe de Gabinete, Marcos Peña, en conferencia de prensa, justificó: “Estamos ante un Proceso de Reorganización”. Tuvo el decoro de omitir “Nacional”.

“Proceso de Reorganización Nacional” fue el nombre que el gobierno de facto de 1976 eligió para iniciar la dictadura cívico-militar más sangrienta de la historia argentina. Durante los tres gobiernos kirchneristas, los procesos judiciales en contra de los militares fueron política de Estado. Cuando finalizaba el segundo mandato de Cristina Fernández comenzaron procesos judiciales que indagan la participación de civiles en la comisión de delitos de lesa humanidad. Mauricio Macri dijo durante la campaña electoral que mantendría dicha política. Sin embargo, no sólo se desarmaron muchísimas unidades de apoyo a los juicios en diferentes dependencias públicas, sino que también hay integrantes de la nueva administración que están imputados por este tipo de delitos.

El viernes, mientras viajaba en el ómnibus a Colonia, leí la columna de Soledad Platero Puig publicada en Caras y Caretas sobre las declaraciones del ministro de Defensa Nacional, Eleuterio Fernández Huidobro. Una idea planteada por ella se me hizo herida. Reflexiona acerca del último gobierno de facto uruguayo, instaurado por un presidente electo. Frente a la recomendación/deseo del ministro de que el pueblo se armara para defenderse, Platero imagina que, de haber sido así, muchos patriotas habrían sumado su capacidad de fuego a la de las fuerzas represivas.

Sin intentar comparar lo incomparable, no dejo de pensar en el escenario planteado, que se me vuelve demasiado actual. La violencia institucional es un flagelo que estamos acostumbrados a combatir. Que tiene procedimientos escritos que podemos estudiar, debatir y luchar para modificar. La violencia social no tiene límites, procedimiento ni prevención. Conversamos en familia sobre la necesidad de no aceptar ese campo de juego, de no responder con los mismos medios. Pero entonces se impone una pregunta aterradora: ante un Estado represivo funcionando en connivencia con población civil armada de fuego y mucho poder, ¿cuántos muertos estamos dispuestos a poner antes de defendernos por los mismos medios? No hay respuesta tranquilizadora. Desesperanza, impotencia y horror.
 
(Texto publicado en La Diaria, 15/03/2016 - http://ladiaria.com.uy/articulo/2016/3/argentina-me-duele/)